El libro abre con Caperucita Roja violada, escena que marca el tono de estas contrafábulas: inversión brutal de la moraleja tradicional. Animales encarnan vicios de una sociedad donde un tiranosauro empresario no entiende la pobreza,…
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El libro abre con Caperucita Roja violada, escena que marca el tono de estas contrafábulas: inversión brutal de la moraleja tradicional. Animales encarnan vicios de una sociedad donde un tiranosauro empresario no entiende la pobreza, ratones manipulados creen en su rebeldía, cóndores peruanos son expulsados de sus historias, un camello descubre que criminalidad y precarización son indistinguibles. Franco reclama la fábula como arma contra el poder, poblando relatos de lenguaje crudo y retratos realistas, sin redenciones falsas ni moralejas que consuelen.
Caperucita Roja abre este libro violada y sin lección moral. La escena establece el pacto que Franco propone: la fábula ya no es vehículo de virtudes sino espejo de la bestialidad que somos. Las contrafábulas aquí reunidas no corrigen conductas ni redimen a sus criaturas; simplemente las retratan en el acto de su depravación, su cinismo, su supervivencia. Un tiranosauro dueño de una multinacional recién formado en «Calidad y Excelencia» no logra imaginar que un limpiador de baños prefiera ver a sus hijos antes que practicar golf o equitación. La distancia entre ambas vidas es tan abismal que el ejecutivo la colma con condescendencia sin ni siquiera percibirla. Un camello alterna entre vender LSD, GHB, PCP, descubre la cárcel, y finalmente inventa la ETT: la solución definitiva, el crimen legalizado. Un cóndor que durante siglos fue adorado en los Andes peruanos emigra a Lima buscando el aplauso, solo para ser pateado en las puertas de discotecas que le cierran paso. Otros relatos profundizan en el engaño de la rebeldía. El Cuy rechaza la música del flautista de Hamelin, se reinventa como historietista y luego dibujante, cree ser rebelde, cree estar vivo en su diferencia. Al final salta igual al precipicio, solo que habiendo gastado su existencia en la ilusión de la autonomía. Un león confiesa que su ferocidad es ficción inventada por los hombres para mantener a los animales divididos y sumisos. Un cerdo egoísta que acumula comida aprende que la solidaridad es un cálculo de supervivencia, no una virtud. El lenguaje es crudo, sin concesiones. Franco escribe desde las grietas del sistema, con la velocidad y la cólera del que narra desde el autobús urbano, el bar de barrio, las calles rotas. Estos relatos no buscan incomodar al lector culto sino hablarte como se habla entre compañeros de fábrica o de precariedad. Son ácidos, cinéticos, frecuentemente obscenos, porque el mundo que retratan lo es. Cada cuento es un acto de resistencia sin esperanza de victoria.