Henri Ghéon rechaza la fe a los quince años en Bray-sur-Seine, negando a su madre que ya no cree. Médico y artista francés dedicado a la belleza del arte, vive veinte años sin Dios, amigo de André Gide y sensible a la música de Mozart y la…
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Henri Ghéon rechaza la fe a los quince años en Bray-sur-Seine, negando a su madre que ya no cree. Médico y artista francés dedicado a la belleza del arte, vive veinte años sin Dios, amigo de André Gide y sensible a la música de Mozart y la pintura. Durante la Primera Guerra Mundial, como militar en el frente belga, su encuentro con el capitán Dupouey —un hombre profundamente católico— y el contacto con el sufrimiento despiertan gradualmente su búsqueda de lo trascendente, llevándolo al redescubrimiento de una fe dormida.
En marzo de 1914, Henri Ghéon, médico y dramaturgo francés de cuarenta años, enfrenta la guerra como civil convertido en soldado. En una pequeña alquería cerca de Nieuport, en Bélgica, trabaja en una ambulancia militar mientras el enemigo bombardea constantemente las costas flamencas. Así comienza el viaje interior de un hombre que había rechazado la fe a los quince años.
Ghéon nació en 1875 en una familia contradictoria: su padre impío en pugna silenciosa con su madre creyente que rezaba devotamente con sus hijos ante un pequeño crucifijo de marfil. Educado en el catolicismo, hizo su primera comunión con fervor, pero años después, al negarse a acompañar a su madre a misa, pronunció la frase que lo definiría por dos décadas: «No creo». Durante esos veinte años vivió dedicado enteramente a la belleza —la música de Mozart, la pintura de Vermeer, la literatura— convencido de que el arte había heredado el cetro abandonado por Dios.
Su vida parecía perfecta: médico de pequeña práctica en su pueblo, poeta reconocido en círculos parisinos, amigo íntimo de André Gide, habitaba un mundo de sensibilidad extrema donde todo lo tocaba profundamente pero nada lo turbaba. Vivía en un jardín perpetuo, entre rosas y música, en una medianía elegante.
Pero la gracia procede como un estratega que tantea todas las grietas de una fortaleza. La muerte inesperada de su madre lo sumió en rebeldía; un viaje a Florencia lo enfrentó con la obra de Fra Angélico, en cuyos frescos percibió algo más allá de la belleza. Luego vino la guerra. El 25 de enero de 1915, fiesta de la Conversión de San Pablo, Ghéon encuentra en el frente belga al capitán Dupouey, oficial de marina que años atrás había regresado a la fe. En Dupouey percibe a un hombre verdaderamente libre, capaz de comprender incluso el bien.
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