Un teléfono suena en la madrugada. El doctor Bradfield recibe la noticia que esperaba: existe un paciente perfecto para su revolucionario corazón artificial impulsado por plutonio.
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Un teléfono suena en la madrugada. El doctor Bradfield recibe la noticia que esperaba: existe un paciente perfecto para su revolucionario corazón artificial impulsado por plutonio. Henry Gray, un ingeniero de cuarenta y tres años, recibe el trasplante que salvará su vida. Pero cuando el éxito parecía asegurado, Gray desaparece. Sus secuestradores amenazan con detonarlo junto con el plutonio de su pecho si no se paga el rescate.
La madrugada es rota por un teléfono azul: el doctor Bradfield recibe el llamado de su residente, Don Buchanan. Henry Gray, ingeniero de cuarenta y tres años, padece un infarto masivo que ha devastado su ventrículo izquierdo. Tras ser rechazado en Stanford para un trasplante tradicional, su prometida enfermera contacta al equipo de Bradfield. El cirujano ve la oportunidad de materializar su obsesión: implantar en un ser humano el revolucionario corazón artificial que ha desarrollado durante años, alimentado por cien gramos de plutonio.
Con prisa, Bradfield convence al funcionario Ronald Harris en Bethesda para que autorice el procedimiento. La urgencia obliga a saltar protocolos: el director del Instituto Nacional de Cardiología acaba de renunciar, dejando sin vigencia un informe que hubiera demorado la prueba clínica meses o años.
En el campus de la Universidad de Aspermont, en San Francisco, los preparativos avanzan contra reloj. Elizabeth Browning, una técnica de laboratorio de risa sonora y profesionalismo férreo, y Richard Wheeler, un joven técnico todavía inexperto pero decidido, ultiman los detalles del corazón artificial. La tormenta del Pacífico azota el viejo edificio de ladrillo donde funciona el laboratorio, apartado de la vista de administradores y curiosos.
Lo que comienza como un triunfo científico se tuerce en suspenso. Horas después del exitoso trasplante, Henry Gray es secuestrado. Sus raptores exigen rescate bajo amenaza de explosión: transformarán su pecho, y el plutonio que bombea su nueva vida, en una bomba sin rumbo que devastaría San Francisco.
El doctor Bradfield, ahora estrella de la opinión pública, se ve atrapado entre la gloria y el horror. La Universidad, sus funcionarios, los contratistas del corazón artificial: todos tienen intereses económicos y políticos en juego. En medio de la crisis, nadie parece haber considerado que un órgano nuclear podría convertirse en la amenaza más letal jamás implantada en un cuerpo humano.
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