Una niña de once años es sacada de clase por una monja de hábito amplio y pasado misterioso. Sor Luisa la confina en un aula vacía; así comienza este viaje por el recuerdo.
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Una niña de once años es sacada de clase por una monja de hábito amplio y pasado misterioso. Sor Luisa la confina en un aula vacía; así comienza este viaje por el recuerdo. Cosas que ya no existen reúne escenas de una vida vivida en territorios del pasado: colegios religiosos, transatlánticos de línea regular, convenciones del luto, rituales desaparecidos. Un libro de memorias donde cada recuerdo es un estrato de una existencia observada con precisión, donde lo personal y lo histórico convergen en imágenes que respiran todavía, aunque pertenezcan a un mundo que ya no existe.
Sor Luisa lleva un hábito que le queda mal. Estrechos o anchos, como si la ropa religiosa nunca terminara de acomodarse a su cuerpo. Su padre fue agregado político en Marruecos; ella viajó portando un pasaporte especial que abría puertas, provocaba saludos ceremoniales. Fue —o eso deja caer— locutora, quizás hermosa. Ahora enseña en un colegio de monjas, y parece haberse equivocado de camino.
Cuando una alumna levanta la voz durante la hora de estudio, Sor Luisa la expulsa de clase. No ofrece castigo convencional: la lleva a un aula pequeña, una de esas aulas sin función definida, abandonada entre los pasillos del colegio. Ahí, en esa escena inicial, comienza este libro que desafía las categorías. No es del todo un libro de memorias, aunque lo sea. No es un cuento, aunque fue premiado como tal.
Cosas que ya no existen reúne recuerdos de Atenas y Barcelona, de colegios religiosos y transatlánticos de compañías regulares donde la gente cruzaba el océano por un precio módico. Habla de convenciones del luto, de rituales funerarios que hoy parecen antropología pura. Cada capítulo es una escala en una travesía donde los recuerdos no obedecen al orden cronológico sino a una lógica propia.
La narradora observa con precisión. Describe espacios, mobiliario, el sabor de primeros cigarrillos, el amor y el odio que produce una palabra como ‘biblioteca’. Sus páginas están vivas: los ojos de Sor Luisa brillando de satisfacción, el silencio de una clase mientras una niña traspasa sus pertenencias, la Acrópolis contemplada cada día cruzando los jardines de Atenas.
Este libro reclama una clasificación que no existe. Es memorias cuando narra vidas propias, es ficción cuando convoca la palabra ajena con respeto. Lo que permanece es la mirada serena, la prosa sin pretensiones, el oficio de quien sabe que la vida, a menudo, es por sí misma una guionista caprichosa.
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