Un barco inglés atraviesa la bruma del río Qiántáng mientras en Hangzhou el emperador Qiánlóng ordena un castigo ejemplar. A bordo viaja Alister Cox, maestro relojero y constructor de autómatas de Londres, transportando obras maestras de…
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Un barco inglés atraviesa la bruma del río Qiántáng mientras en Hangzhou el emperador Qiánlóng ordena un castigo ejemplar. A bordo viaja Alister Cox, maestro relojero y constructor de autómatas de Londres, transportando obras maestras de metal y oro. Dos años atrás, Cox perdió a su hija Abigail, de apenas ocho años, y desde entonces el duelo ha oscurecido su existencia. Ahora el emperador lo convoca a la Ciudad Prohibida para crear maravillas jamás vistas. En este imperio de poder divino, Cox descubrirá que la belleza de sus autómatas no puede competir con el abismo de crueldad que lo rodea.
La mañana en que el relojero inglés Alister Cox desembarca en Hangzhou, el emperador Qiánlóng ordena un castigo ejemplar: veintisiete funcionarios, condenados por corrupción, serán mutilados en público. Frente al cadalso, dos mil espectadores aguardan la ejecución mientras la goleta de Cox avanza entre la niebla, sus velas oscuras emergiendo como una aparición amenazante. En lo alto de las colinas, el emperador yace en una tienda de seda suspendida entre cielo y tierra, presa de fiebres angustiosas. Invisible para sus súbditos, omnipresente en su poder, Qiánlóng es el centro de un universo donde cada muerte emana de su voluntad divina. Cox lleva consigo una carga más pesada que sus autómatas de oro y plata. Dos años atrás, cuando los enviados imperiales lo visitaron con la invitación del Hijo del Cielo, su hija Abigail agonizaba de tos ferina con tan solo ocho años. Cox se negó a abandonar su lecho de muerte. Vistió el pequeño cadáver como si fuera uno de sus autómatas: cubrió sus brazos con alas de plata, colocó zafiros azules en sus párpados, la envolvió en satén blanco. Desde entonces, el duelo ha congelado su alma. Ya no fabrica relojes. Cada mecanismo que antes creaba le parecía un insulto al tiempo que se le arrebató a Abigail. Su amigo Jacob Merlin lo acompaña en este viaje de siete meses desde Southampton, vigilante, temiendo que la tristeza abismal de Cox lo conduzca a las aguas negras del océano. El emperador lo espera en la Ciudad Prohibida para encargarle obras jamás vistas: autómatas que cobren vida en metal y oro, pavos reales mecánicos, animales imposibles que se muevan con belleza sobrenatural. Cuando Cox mira por el catalejo que pretendía obsequiar al emperador, descubre que las risas de la multitud no celebran su llegada, sino que acompañan el dolor de los condenados. Belleza y crueldad tejen el mismo tapiz en este imperio donde la voluntad del emperador es ley absoluta.
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