Al lado del Fuerte de Buenos Aires, un hombre semidesnudo duerme boca arriba en un banco de madera, ronquidos potenciados por el vino del almuerzo.
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Al lado del Fuerte de Buenos Aires, un hombre semidesnudo duerme boca arriba en un banco de madera, ronquidos potenciados por el vino del almuerzo. Es Jacinto de Lariz, gobernador de la ciudad desde 1646, militar de carrera, caballero de Santiago, quien ha decidido desafiar todos los códigos de convivencia civilizada. En un puerto polvoriento, pobre y religioso, Lariz llega con sus modales de soldado curtido en las guerras de Flandes, su desprecio por la jerarquía eclesiástica y una locura que nadie logra explicar.
Buenos Aires, 1645. Al lado del Fuerte descansa un hombre semidesnudo sobre un banco de madera, apenas cubierto con un calzón, la pierna izquierda colgando del borde, ronquidos profundos que nadie se atreve a interrumpir. Se trata de Jacinto de Lariz, recientemente llegado como décimo gobernador, militar de carrera que comandó tercios en Flandes durante la Guerra de los Treinta Años, caballero de la Orden de Santiago, nominado por Felipe IV. Pero ha elegido dormir en los bancos que él mismo mandó construir, desafiando el decoro que se espera de quien ostenta el poder.
El puerto en el que Lariz ha caído es un lugar inhóspito: apenas mil habitantes blancos dispersos en chozas enormes separadas por potreros interminables, calles que se convierten en ríos con las lluvias, un terreno donde pocos pueden distinguir dónde termina el agua y empieza la tierra. La Iglesia Mayor es apenas un rancho; el Cabildo, tan ruinoso que sus miembros prefieren reunirse en casas privadas. Buenos Aires jadeaba bajo el peso de la pobreza, ofreciendo pocas razones para permanecer. Y en este territorio desolado, Lariz ha comenzado a abrir todos los frentes posibles de conflicto.
Sus primeros actos como gobernador fueron insultos deliberados a los miembros del Cabildo, recriminándoles sus defectos físicos y tachándolos de vagos e ignorantes a viva voz. Luego llegó el enfrentamiento con el obispo Cristóbal de la Mancha y Velasco: retrasos sistemáticos a los oficios religiosos, salidas provocadoras durante los sermones, el rechazo desdeñoso de la cruz en la Semana Santa. Su arrogancia se transformó en violencia cuando supo que los jesuitas habían creado un seminario sin su permiso. Lariz irrumpió con escolta militar, golpeó a los curas, los arrojó a la calle, derribó los muebles al barro y clausuró el edificio.
El obispo lo excomulgó. Buenos Aires, temiendo sus represalias, no encontraba escribano dispuesto a firmar el expediente de acusación. Mientras tanto, Lariz burlaba los límites del poder, dormía donde le placía y olfateaba rumores de oro escondido en las misiones de Misiones. Un soldado de élite se había convertido en un gobernador desquiciado que desafiaba tanto los principios de la civilidad como los del cielo.
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