Una viuda busca entre las ropas de su pareja fallecida, entre los olores que aún persisten, los rastros de una vida que acaba de terminar. Con un tono que navega entre lo cotidiano y lo profundo, este libro es un diario de duelo que no…
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Una viuda busca entre las ropas de su pareja fallecida, entre los olores que aún persisten, los rastros de una vida que acaba de terminar. Con un tono que navega entre lo cotidiano y lo profundo, este libro es un diario de duelo que no elude la burocracia absurda de la muerte: trámites en Hacienda, certificados que no llegan, papeles que no sirven. Pero también es un registro de amor, de los veintiocho meses que duró la enfermedad, de cómo el cáncer reorganiza la vida en semanas médicas. La narradora, madre de una niña, examina cómo sobrevivir cuando la ausencia pesa más que cualquier cosa tangible.
Junto a la fotografía de su boda, una viuda ha colocado la imagen de Guayasamín: sonrisas rotundas, abrigados para el enero madrileño, felices porque iban tarde. Esa foto se convirtió en su necrológica cuando, en la UCI del hospital Gregorio Marañón, ella escribió las últimas palabras de su pareja, besó su frente en paz y pidió que lo desconectaran.
Lo que sigue es un viaje por el primer año de ausencia. Una mujer que aún viste la sudadera de correr que su marido se compró cuando reinventó su cuerpo, que duerme con sus pantalones de pijama de talla mini, que sigue encontrando su olor en el armario. Pero también una madre que debe sostener a su hija, una administrada que pelea contra Hacienda, una viuda que descubre que «siempre» es solo un instante.
El libro alterna memorias de enfermedad —veintiocho meses desde el primer TAC hasta la muerte— con escenas de una burocracia kafkiana: permisos que no llegan, certificados de defunción que no sirven para recoger una carta, plazos que se solapan. La narradora documenta también sus propias revisiones oncológicas, convirtiendo los años 2015-2018 en un período de catástrofe acumulada.
Entre epígrafes de Brodkey y Gelman, el texto teje lo lírico con lo mundano: el olor en la ropa, el periódico del 1 de agosto (el penúltimo que él leyó libremente), los libros sin terminar, la ropa que no puede regalar. Un calendario de pared caducado deviene objeto de duelo. Una tarta de galletas se convierte en ritual familiar. La voz narradora busca cómo habitar un mundo donde su pareja ya no está.
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