Sentada junto a la ventana, la madre contempla lo que ya no puede nombrar. Hace años las palabras desaparecieron de su mente, llevándose consigo cada episodio vivido, cada rostro amado, cada recuerdo que solo ella guardaba.
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Sentada junto a la ventana, la madre contempla lo que ya no puede nombrar. Hace años las palabras desaparecieron de su mente, llevándose consigo cada episodio vivido, cada rostro amado, cada recuerdo que solo ella guardaba. Cuando el lenguaje se extingue, la herencia de una familia se desvanece: sus historias, sus voces, sus ancestros. Esta es la crónica de una batalla contra el olvido inevitable, el intento de rescatar una memoria que enmudece.
En el comedor de la casa familiar de Santa Llúcia, una madre de noventa y ocho años permanece junto a la ventana. Sus manos descansan sobre el regazo, su mirada atraviesa el cristal hacia un horizonte que ya no puede nombrar. Hace años que las palabras comenzaron a desaparecer de su mente: primero las complicadas, después las sencillas, finalmente los monosílabos. Desde hace cuatro años no pronuncia ni una palabra.
Con la extinción del lenguaje llegó algo más devastador: la desaparición de los recuerdos. Según los lingüistas, aquello que no tiene nombre deja de existir. En la mente de esta madre sucedió exactamente eso: episodios de su vida se borraron primero, después se desdibujaron las vivencias compartidas con otras personas, incluidas las identidades de sus propios hijos.
Se desvanecieron momentos de su juventud: el miedo en una barca pequeña abandonada en el mar, la langosta monumental en La Fosca, el terror de los bombardeos en Barcelona durante la Guerra Civil. Desaparecieron rostros de familiares de múltiples generaciones, amigos cuyos nombres alguna vez sonaron en las conversaciones nocturnas. Se apagaron las historias, toda la red de anécdotas que formaban el tejido de la existencia familiar.
Luego el olvido se extendió más allá de la propia existencia de la madre. Comenzó a borrar los recuerdos del hijo que escribe estas páginas: momentos de infancia que solo ella sostenía, historias vividas antes de que él tuviera conciencia, experiencias que ella había mantenido vivas para transmitirle. La herencia intangible de la familia amenazaba con perderse para siempre.
Frente a esta hemorragia de memoria, el narrador intenta detenerla. Revisa álbumes de fotos, relee cartas antiguas, memoriza conversaciones, documenta recuerdos compulsivamente. Pero todo resulta en vano. Esta obra es el esfuerzo por rescatar lo que amenaza con evanescerse: un acto de resistencia contra el olvido, la tentativa de dar nueva vida a través de la escritura a quienes desaparecen cuando la voz que los guardaba enmudece.
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