En una calle sórdida de La Asunción, el juez Figueiras contempla desde su hamaca los códigos de la ley y un gran cuchillo que guarda como amuleto.
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En una calle sórdida de La Asunción, el juez Figueiras contempla desde su hamaca los códigos de la ley y un gran cuchillo que guarda como amuleto. Cubagua de Enrique Bernardo Núñez entrelaza dos épocas: la saqueante conquista de la isla de perlas en el siglo XVI y la extracción petrolera del siglo XX. Mediante un complejo tejido de personajes-espejo, tiempos cruzados e historias múltiples, la novela cifra una advertencia sobre la persistencia de la mentalidad colonialista que atraviesa la sociedad venezolana.
En una calle sórdida de La Asunción, el juez Figueiras medita en el vaivén de su hamaca junto a un cuchillo que guarda como amuleto de la violencia. Cubagua, novela de Enrique Bernardo Núñez escrita entre 1928 y 1930, entrelaza dos tiempos de la historia venezolana que no terminan de cerrarse, proyectando una sombra larga sobre el presente.
En el siglo XVI, la isla de Cubagua se desangra por la explotación intensiva de perlas: voracidad conquistadora que en menos de cuarenta años agotó los yacimientos, esclavizó y exterminó a los pobladores originales, hasta que un terremoto y un huracán en 1542 barrieron para siempre la Nueva Cádiz. En el presente narrativo, los años veinte del siglo XX, Venezuela se transforma en economía extractora de petróleo con el mismo impulso devastador, ahora disfrazado de modernización.
Núñez elabora una ficción que no denuncia sino problematiza: cómo la mentalidad colonialista persiste en todas las capas de la sociedad. Para ello despliega personajes que aparecen bajo los mismos nombres en ambas épocas; la figura del fraile Dionisio de la Soledad, que cifra la continuidad histórica con su propio cráneo momificado; Nila Cálice, presentada en múltiples versiones contradictorias que coexisten; el paralelismo entre el conde Luis de Lampugnano y el ingeniero Ramón Leiziaga, ambos corrompidos por la misma ambición.
El tiempo no es lineal ni cíclico sino tensional: cruzamiento de referentes verbales, desplazamientos de concordancias, imágenes que remiten a la perseverancia de una estructura de explotación que muta pero no muere. El final abierto en múltiples opciones no resuelve si el protagonista escapa o delira, si el futuro es un nuevo comienzo u otra ruina neocolonial.