En las calles de tierra de Sagua de Tánamo, una niña crece en una familia humilde de ocho hermanos bajo la protección amorosa de su abuela espiritista y la familia Lam, quienes viven frente a su casa.
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En las calles de tierra de Sagua de Tánamo, una niña crece en una familia humilde de ocho hermanos bajo la protección amorosa de su abuela espiritista y la familia Lam, quienes viven frente a su casa. Entre tubos de cemento que se convierten en tronos imaginarios, programas de radio clandestinos y el primer televisor que ve funcionar como magia, la pequeña sueña con convertirse en actriz, un deseo que su madre, enfrentada a la pobreza cotidiana y las necesidades básicas, empeña en desvanecer.
Una calle de tierra y fango donde los tubos de cemento abandonados se convierten en tronos. Así comienza el mundo de una niña en Sagua de Tánamo, Cuba, a finales de los años cincuenta. Una familia de ocho hermanos crece bajo la protección de su abuela María, espiritista cuyo cuarto es un espacio de penumbra iluminada por velas, altares con santos y vírgenes, donde el pueblo acude en busca de respuestas.
Pero la verdadera magia llega de la casa frente a la suya. Allí vive la familia Lam, las “chinitas”, cuyo padre fue un pescador chino que emigró a Cuba. Cuando la niña apenas tiene horas de vida, es llevada a esa casa para consolar a una familia que acaba de perder al patriarca. Ese momento se convierte en una costumbre que marcará toda su infancia. Las Lam la cuidan, la aman, la hacen suya. Aprende a caminar saltando de los brazos de una hermana a otra, llama “Mamá” a Yaya, la abuela ciega cuyos ojos se iluminan cada vez que la pequeña la busca.
Es en esa casa donde descubre la magia real: un televisor que, después de meses guardado bajo luto, se enciende revelando un mundo de imágenes en blanco y negro. ¿Cómo entran las personas dentro de la caja? La respuesta es: volando por el aire. Desde ese momento, la niña se convierte en una televisora devota, imaginándose protagonista de cada aventura que ve.
Esa fascinación despierta una ambición clara: quiere ser actriz. Pero en su casa no hay espacio para esos sueños. Su madre, agobiada por la pobreza constante, por alimentar a ocho hijos con lo poco que hay, ve en esa aspiración una frivolidad imposible. A los nueve años, cuando la escuela busca alumnos para el programa de deportes, la madre inscribe a su hija en tenis sin consultarla, determinada a encauzarla hacia una carrera más práctica. La resistencia de la niña es inútil.
Este relato teje la infancia cubana con intimidad, donde la magia coexiste con la pobreza, donde las mujeres que rodean a la protagonista dejan huella profunda: su abuela espiritista, sus hermanas de crianza en la casa de las Lam, su madre en su lucha incesante. Es el retrato de un tiempo y lugar donde los sueños son un lujo que pocas pueden permitirse.