Un niño solitario atraviesa cada vacación escolar un bosque oscuro para visitar a su tío Montague, quien vive en una casa aislada y enigmática. En el estudio iluminado por velas, rodeado de libros y curiosidades, el tío comparte historias…
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Un niño solitario atraviesa cada vacación escolar un bosque oscuro para visitar a su tío Montague, quien vive en una casa aislada y enigmática. En el estudio iluminado por velas, rodeado de libros y curiosidades, el tío comparte historias que mezclan la tradición folklórica con misterios personales. Una de ellas gira en torno a un olmo antiguo en el centro de un prado, cuya presencia inquieta despierta curiosidades peligrosas. A través de estos relatos, la obra explora los vínculos entre la naturaleza, el miedo y los secretos guardados en los rincones más olvidados.
Cuando el portón chirría bajo su mano, Edgar comienza a recorrer el estrecho sendero que atraviesa el bosque hacia la casa de su tío Montague. Las vacaciones escolares lo devuelven una y otra vez a este trayecto, donde los árboles desnudos y la escarcha guardan un silencio denso. En casa, rodeado de sus padres, se siente fuera de lugar: su padre busca distracciones solitarias, su madre vive en constante inquietud. Solo aquí, en la casa aislada de su tío, encuentra algo que necesita.
La mansión de Montague es un lugar de contrastes. Sus corredores oscuros, iluminados apenas por velas, generan una inquietud constante. Las escaleras parecen extenderse más de lo posible. El único espacio confortable es el estudio del tío: paredes de un rojo intenso, alfombra persa, fuego encendido, estanterías repletas de libros y objetos traídos de viajes lejanos. Aquí, entre el calor de las llamas y el aroma del té, Edgar y su tío comparten algo más importante que la sangre: el intercambio de historias.
Montague no es un simple narrador. Mientras vierte el té y comenta sobre la antigüedad de los árboles, sobre pueblos del norte que veneraban bosques sagrados y cedían cabezas de enemigos a los robles, está tendiendo las bases de relatos que van más allá del entretenimiento. Sus palabras conectan el mundo natural con misterios profundos, la historia con lo desconocido.
Entre sus historias está la del olmo. En el prado de una nueva casa, existe un árbol enorme y antiguo. Un padre lo muestra a su hijo Joseph con una ternura inusual, regalándole un reloj de oro. El árbol se alza solo en el centro del terreno, como un animal cautivo que nunca fue domesticado. Cuando la perra de la familia explora su base, encuentra un agujero profundo que despierta una inquietud que trasciende lo común.
La obra teje una atmósfera donde el miedo no surge de lo sobrenatural evidente, sino de sugerencias, silencios y presencias que acechan en los intersticios de lo cotidiano.
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