Cuando levanta el brazo para colocar la estrella, una mujer descubre en el gesto de su cuñada la presencia de un deseo que no sabía que le habitaba. Es Nochebuena sin su madre ni sus hijos.
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Cuando levanta el brazo para colocar la estrella, una mujer descubre en el gesto de su cuñada la presencia de un deseo que no sabía que le habitaba. Es Nochebuena sin su madre ni sus hijos. En el laboratorio universitario donde Marzena trabaja con insectos, entre formol y esporas, dos mujeres convergen en una revelación de intensidad corporal. El relato teje goce y culpa, transgresión familiar y libertad, bajo el extraño hechizo de la entomología y lo carnal.
Durante la Nochebuena, una mujer acude a la playa con su hermano Walter, su cuñada Marzena y la familia de ambos. Es la primera Navidad sin su madre y sin sus propios hijos, que pasan estas fechas con su padre. Mientras decoran el árbol de Navidad, algo sucede: cuando Marzena levanta el brazo para colocar la estrella, una ola de reconocimiento atraviesa a la narradora. En aquel movimiento descubre la presencia de un deseo que permanecía oculto, una atracción hacia esa mujer que ha formado parte de su vida durante años.
El marido, percibiendo cierta turbación, sugiere a Marzena que acompañe a su hermana a caminar por la playa. Pero Marzena, captando algo en el aire, invita a la narradora a visitar su laboratorio en la universidad. Allí, en el sótano donde Marzena identifica insectos patógenos en la soledad de la víspera navideña, el encuentro se transforma. Entre peceras vacías, especímenes preservados en formol y el olor vegetal de su perfume, las dos mujeres descubren la intensidad de una atracción mutua.
El relato entrelaza la erudición científica con la pasión carnal: Marzena trabaja con la polilla dorso de diamante, nombrada en inglés como diamondback moth, un insecto que devora cultivos. La metáfora se vuelve carne: entre el sonido de Billy Joel en el auto, los muslos enrojecidos por el sol, la bata desabrochada, la vulnerabilidad y la urgencia, dos mujeres se descubren mutuamente. Lo que emerge es tanto descubrimiento como transgresión: la violencia tierna de quien por primera vez experimenta el deseo hacia otra mujer, la complicidad silenciosa, la culpa que sigue al goce.
El texto juega constantemente entre lo científico y lo sensorial, los nombres latinos y las sensaciones de la piel, la precisión del laboratorio y el desorden del cuerpo. La última imagen deja a la narradora herida por los cristales rotos, curada por las manos de Marzena, enfrentada a la pregunta que recorre todo el relato: qué dirá su hermano cuando descubra que su esposa pasó la Nochebuena en los brazos de su hermana.
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