En una tienda-cantina de Quito, mientras llueve, Jesús espera a amigos que no volverán. Postrado en una silla desvencijada, consumido por el alcohol y la pobreza, contempla el reflejo de una vida gastada.
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En una tienda-cantina de Quito, mientras llueve, Jesús espera a amigos que no volverán. Postrado en una silla desvencijada, consumido por el alcohol y la pobreza, contempla el reflejo de una vida gastada. Apenas horas antes ha vendido su única posesión valiosa: la silla de ruedas que era su último símbolo de dignidad. Ahora, en la penumbra de la cantina, en compañía de doña Clarita y sus cálidas repreensiones, Jesús se enfrenta al colapso final de todo aquello que lo mantuvo en pie.
En una tienda-cantina del barrio pobre de Quito, mientras la lluvia golpea las calles, Jesús permanece sentado en una silla sin respaldo, esperando a amigos que no regresarán. Su cuerpo deformado, sus manos como de rana, su cabeza ladeada y su hambre de alcohol pintan la imagen de un naufragio. Doña Clarita, la dueña del lugar, teje en el silencio, envuelta en sus chalinas, ofreciendo la única compañía humana en esta noche de diluvio.
Jesús es un personaje derrotado por la vida. Años atrás fue una figura pública: el Jesús de la suerte que vendía billetes de lotería en las calles de Portoviejo, llevando en sus dos jorobas la esperanza de cientos. La Santamadre, su madre adoptiva, lo había recogido de entre los desperdicios de un circo de mala muerte y le dio un hogar, una camisa limpia cada día, dignidad. Pero el Jesús de entonces pertenecía a otro mundo.
Todo cambió cuando llegó a Guayaquil, cuando vio a Doris-de-Colombia en el Bacanrojo. Su obsesión por la estriptisera lo consumió, el amor lo volvió loco, y con dinero prestado intentó conquistarla. Solo encontró desprecio y burla. La misma noche en que lo expulsaron del burdel, la Santamadre murió. Desde entonces, Jesús dejó de ser el hombre de la suerte. Quedó un fantasma errante, borracho, sin destino.
Algún tiempo después, cuando tocó fondo, intentó salvarse. Consiguió una silla de ruedas, símbolo de resurrección, de dignidad recuperada. Esa silla representaba todo: la victoria sobre la adversidad, la altura que le había negado la naturaleza, el último reducto de su humanidad. Pero esta noche, en un gesto que quiso ser heroico pero que lo ha sumido en la más profunda abyección, vendió la silla a cambio de alcohol. Vendió el alma.
Ahora espera en la tienda mientras doña Clarita dormita junto a la radio, mientras un gato blanco ronronea en la vitrina, mientras la lluvia crece. La espera es lo único que le queda, aunque ya no espera nada. La muerte, esa compañera antigua que siempre imaginó recibir con elegancia, comienza a respirarle en el cuello.
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