Un empleado de banco baja imágenes en su departamento, mejorando cada detalle en la impresora. Años de anonimato en la caja, gestos cotidianos bajo fluorescencia, se cierran con un robo improbable.
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Un empleado de banco baja imágenes en su departamento, mejorando cada detalle en la impresora. Años de anonimato en la caja, gestos cotidianos bajo fluorescencia, se cierran con un robo improbable. Una colección de relatos que explora los intersticios de la realidad: espejos con retardo temporal, balas que viajan hacia atrás revirtiendo suicidios, cartas que suspenden las leyes de la física. Cada texto es un ejercicio de extrañeza controlada donde lo corriente se deforma sin estridencia y la mansedumbre ante lo terrible adquiere densidad inesperada.
Osvaldo Ruffo construye una serie de relatos donde lo extraordinario no llega mediante explosión sino como grieta en lo cotidiano. El primero nos sitúa en la caja de un banco, frente a un empleado que mejora fotografías en su departamento durante las noches. La impresora multifunción se convierte en herramienta para un acto que lo sorprende a sí mismo: participar en un robo que ha ayudado a facilitar, luego viajar dejando constancia de lo ocurrido. En «Reversa», una bala invierte su trayecto dentro de una cabeza, descomponiendo la muerte en fragmentos que se reordenan hacia la vida.
En otros textos, Ruffo especula sobre las arquitecturas profundas de la realidad. ¿Existen las obras de arte antes de ser creadas, como pepitas de oro esperando ser extraídas del río? Un compositor sueña una canción, un escultor revela lo ya contenido en el mármol. Esta hipótesis abre un horizonte donde cualquiera podría pescar una obra inmortal si la suerte lo toca.
Un hombre descubre que su reflejo en el espejo lo observa con cada vez más atraso. El delay se incrementa según sus movimientos. Otros relatos juegan con formas de castigo y clemencia: una científica judía envía una carta radiactiva a quien rechazó su trabajo. Ordóñez, empleado ejemplar durante cuarenta años, recibe el perdón de la gravedad y comienza a volar.
En «Aguafuertes de Babi Yar», Ruffo medita sobre una fotografía del holocausto. Lo que lo persigue no es la atrocidad de los perpetradores sino la mansedumbre de las víctimas: su incapacidad para romper la fila incluso en el borde de la fosa. El pudor, la incredulidad, la obediencia al protocolo correcto se imponen a la evidencia del destino seguro.