Wintner aguarda a su esposa en la puerta de una clínica mientras la tarde oscurece. Da vueltas a la manzana buscando lugar, entra a preguntar por ella y descubre que no existe registro alguno de su visita.
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Wintner aguarda a su esposa en la puerta de una clínica mientras la tarde oscurece. Da vueltas a la manzana buscando lugar, entra a preguntar por ella y descubre que no existe registro alguno de su visita. Lo que comienza como una búsqueda rutinaria se convierte en un descenso a un lugar donde los límites entre lo vivo y lo muerto se disuelven, donde enfermeras jóvenes guardan voces de ancianas y donde la gente espera bajo luces fluorescentes sin edad, sin prisa, sin esperanza.
Wintner lleva a su esposa a una clínica para los resultados de unas radiografías. Mientras la aguarda afuera, estacionando una y otra vez en calles grises, la tarde se va transformando. Las tiendas adquieren un aspecto ruinoso, los edificios se tuercen contra un cielo oscurecido. Cuando entra a buscarla, las enfermeras no encuentran registro alguno. Ella ha desaparecido.
Comienza entonces un peregrinaje creciente por los corredores de la clínica, interrogando a diferentes enfermeras cada vez más jóvenes, cada vez más extrañas. Sus respuestas no tienen sentido. Lo dirigen a la oficina de un médico donde descubre especímenes en frascos, organismos flotantes en conserva que lo desconciertan profundamente.
Algo lo aterroriza en ese consultorio. Sale huyendo. En la calle nocturna, advierte detalles perturbadores: rostros en la cervecería alemana de enfrente, todos envejecidos y decrepitos, esperando. Recuerda fragmentos de lo que escuchó: vivimos de la muerte, murmuraron. La mujer vieja en la sala de espera le susurró algo sobre ser muertos.
Regresa a la cervecería. Allí está la chica de la florería que había visto en sus trayectos previos. Ahora advierte que le falta un brazo, su muñón rosado bajo el traje de verano. Ella se mueve entre los clientes con una animación inquietante, observando un espejo envejecido. Wintner, temblando, extiende hacia ella un frasco que había tomado de la oficina del médico. Pensé que debía ver esto, dice.
Su acción desencadena algo indefinible. Una risa que suena como un estertor de muerte. El miedo absoluto invade el lugar.
Una narrativa que comienza en lo mundano y se filtra gradualmente hacia un territorio donde la normalidad no existe, donde la clínica es algo más que medicina, donde los pacientes nunca se van y los trabajadores son extrañamente inmortales.