Veinticuatro horas antes de su boda con un diplomático de la aristocracia, Ángela huye presa del pánico a las calles madrileñas. Allí conoce a Juan, un joven mago callejero cuyo ingenio con las cartas le devuelve, por un momento, la…
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Veinticuatro horas antes de su boda con un diplomático de la aristocracia, Ángela huye presa del pánico a las calles madrileñas. Allí conoce a Juan, un joven mago callejero cuyo ingenio con las cartas le devuelve, por un momento, la sensación de ser una persona anónima. Este encuentro casual marca un punto de inflexión: el adiós a la mujer que fue y la entrada en una existencia de conveniencia internacional.
Ángela Rodríguez-Mayoralas es una periodista de clase media que ha conocido, durante poco más de un año, a Eduardo Ponce de León, un diplomático de la más alta cuna española. Su relación, de intensidad contenida en poco tiempo, la obligó a abandonar su profesión, su país, su vida anterior. Mañana contraerá matrimonio en una ceremonia de alcance considerable que reúne a mil invitados en Madrid. Las familias aristocráticas de ambos cónyuges han orquestado el evento para que trascienda como un acontecimiento de relevancia internacional.
La noche anterior a la ceremonia, una angustia silenciosa asalta a Ángela. Cuando cruza la puerta de su casa, el peso de lo que sucederá al día siguiente la sobrepasa: acuden especialistas de toda especie —asesora de imagen, maquilladoras, peluqueras, modista, fotógrafos—. Cada detalle ha sido calculado para que nada escape del libreto ensayado. En su pánico, desciende los escalones a toda velocidad y arruella a un joven que sale del ascensor.
Juan es un adolescente delgado que realiza trabajos ocasionales en una floristería cercana. Su primer gesto es bromear sobre el ceremonial que se prepara: tres ramos idénticos encargados para garantizar que el de la novia será perfecto. Su tono desenfadado toca algo profundo en Ángela. En un banco de una plaza común, el chico ejecuta un número de magia simple pero desconcertante: ambos firman cartas que se intercambian, pero mediante una maniobra enigmática cada uno termina poseyendo la carta del otro. Es un engaño ejecutado con precisión, con la alegría de quien disfruta su propio arte.
En esos minutos, Ángela recupera la risa, la curiosidad, el sentido de estar presente en un instante no orquestado. El chico, ignorante de quién es ella, le propone patinar juntos al día siguiente. Cuando ella confiesa que será imposible porque ese mismo día se casa, el intercambio entre ambos muda su carácter. Juan pregunta, desde la inocencia de quien aún no comprende los códigos sociales adultos, por qué se casa. El capítulo cierra con esa pregunta suspendida en el aire.
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