Una reflexión serena sobre la vida animal y vegetal que nos rodea. La autora recorre animales domésticos y salvajes, plantas y flores con la curiosidad de quien descubre en lo cotidiano las formas de comunicación, inteligencia y…
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Una reflexión serena sobre la vida animal y vegetal que nos rodea. La autora recorre animales domésticos y salvajes, plantas y flores con la curiosidad de quien descubre en lo cotidiano las formas de comunicación, inteligencia y sensibilidad de otras especies. No como especialista, sino como observadora atenta que invita a ver de nuevo lo que habitamos.
Cada primavera, en el balcón de Montevideo, regresan gorriones cuya costumbre es acercarse casi a los pies para comer migajas de pan, y benteveos que se mantienen en el árbol próximo, esquivos. De esta observación simple, la autora teje una reflexión que atraviesa décadas de lectura, recuerdos heredados y encuentros inesperados entre la curiosidad humana y el mundo viviente que nos acompaña.
Estas páginas no son de una naturalista ni de una bióloga especializada, sino de alguien que conserva el asombro infantil ante cada criatura encontrada: desde los insectos de Fabre hasta el viaje de Nils Holgersson, desde el gato favorito de Macedonio Fernández hasta anécdotas de gorilas en cautiverio que reconocen una palabra, comprenden una inyección necesaria o entienden sin palabras el significado de la compasión.
La obra recorre animales y plantas, aves y flores, desde lo común y menospreciado —hormigas, arañas, ratones— hasta los exóticos y remotos. Pero su verdadero asunto es otro: la comunicación tácita entre especies, la inteligencia que se expresa fuera del lenguaje verbal, la sensibilidad que habita en criaturas que solemos pasar por alto. Reflexiona sobre la ecología no como especialidad académica sino como respuesta ética a la riqueza del mundo viviente que hereda cada generación y que hoy se erosiona sin que muchos noten la pérdida.
Escrita con serenidad, sin proclamas ni exaltaciones, la obra invita a mirar de nuevo aquello que nos rodea como si lo descubriéramos por primera vez: el vuelo de un pájaro, el comportamiento de un árbol, la pertinencia de una flor. Porque hay, asegura la autora, rastros de paraíso en lo desatendido, y basta tener los ojos abiertos para encontrarlo.
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