En el patio de una escuela de Jerusalén hay un eucalipto donde alguien grabó un corazón atravesado por una flecha. De esa imagen surge una interrogación que estructura todo este libro: qué nos impulsa a escribir.
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En el patio de una escuela de Jerusalén hay un eucalipto donde alguien grabó un corazón atravesado por una flecha. De esa imagen surge una interrogación que estructura todo este libro: qué nos impulsa a escribir. El volumen recoge conversaciones entre la editora Shirah Hadad y el escritor Amos Oz, nacidas durante años de encuentros en su casa, que exploran los misterios del proceso creativo, los rituales de escritura, la observación de desconocidos y la capacidad de imaginar vidas ajenas como acto moral y literario.
En el patio del Instituto Rehavia de Jerusalén está grabado en un eucalipto un corazón atravesado por una flecha. En sus márgenes, dos nombres: Gady y Ruty. Con apenas trece años, Amos Oz contempló ese grabado y se interrogó sobre el impulso que lleva a marcar algo en el tiempo, a dejar un rastro antes de que el olvido lo borre todo. Esa pregunta fundamental —qué anima a escribir, qué nos impulsa a contar historias— es el hilo que atraviesa este libro de conversaciones.
Durante años, la editora Shirah Hadad se reunió con Oz en su casa para hablar de escritura, de autores, de influencias literarias, de hábitos y remordimientos. Lo que comenzó como preparación editorial para la publicación de Judas evolucionó hacia un diálogo prolongado, grabado y luego tejido en capítulos que no son entrevistas periodísticas sino fruto de una amistad forjada en el tiempo.
Oz explora cómo la ficción nace de la observación paciente de desconocidos: en cafés, en aeropuertos, en la cola de un ambulatorio. Describe cómo roba fragmentos de conversaciones ajenas, cómo observa zapatos y gestos para reconstruir vidas enteras, cómo la curiosidad por lo que piensan los demás, qué sienten, de qué se avergüenzan, es tanto una condición para la literatura como una cualidad moral. Una manzana, explica, no se parece a sus ingredientes —agua, tierra, sol, árbol, estiércol—, pero está hecha de ellos. Así son los relatos: composiciones de encuentros, escuchas atentas y observaciones que se transforman en algo completamente distinto.
El libro también recorre los rituales de Oz: los paseos que comienzan a las cuatro de la madrugada, el café tomado en soledad antes del amanecer, la escritura en múltiples borradores manuscritos metidos en cajones, la lenta destilación de versiones hasta encontrar la adecuada. Confesa su obsesión por el orden, su incapacidad para escribir sobre las guerras en las que participó —porque el olor de los campos de batalla no puede trasladarse a la página—, y su rechazo a que la literatura sea territorio de lo autobiográfico únicamente.
Estas conversaciones revelan a un escritor que entiende la ficción como un acto de empatía radical, como la posibilidad de habitar otras mentes, otros cuerpos, otras vergüenzas. Y todo comenzó en un eucalipto de Jerusalén, donde alguien quiso dejar constancia de que había estado allí, de que algo había existido y merecía no ser olvidado.
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