Melissa despierta sin entusiasmo en la rutina que la asfixia. Con diecisiete años casi cumplidos, trabaja en una tienda de ropa mientras sueña con la independencia que traerá la mayoría de edad.
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Melissa despierta sin entusiasmo en la rutina que la asfixia. Con diecisiete años casi cumplidos, trabaja en una tienda de ropa mientras sueña con la independencia que traerá la mayoría de edad. Su vida gira en torno a Ian, su novio universitario, el único refugio donde desea estar. Pero la noticia de dos adolescentes secuestradas en la ciudad tiñe de incertidumbre los días previos a su cumpleaños, anticipando que la seguridad que cree controlar se resquebrajará de formas inesperadas.
Comienza una mañana como cualquier otra en casa de Melissa. Despierta sin entusiasmo, se arregla sin energía, discute con su madre sobre un futuro que la aterroriza y la reconforta en partes iguales. Faltan dos días para cumplir dieciocho años, para cruzar ese umbral que le permitirá abandonar el hogar paterno e irse a vivir con Ian, su novio universitario de veinticuatro años. Una brecha que sus padres han rechazado durante tres años, pero que ella ha aprendido a ignorar.
Ian es el epicentro de su mundo. Lo encontró por azar en los pasillos de una universidad cuando ella apenas tenía quince, perdida y sola buscando a su grupo. Desde entonces, algo indefinible los ha enlazado: un encuentro fortuito que se transformó en historia, complicidad y refugio. Él es mayor, independiente, con metas claras; ella es impaciente, confiada, armada de argumentos ingenuos sobre cómo navegar los peligros de la ciudad.
Su presente es modesto. Trabaja en una tienda de ropa por un salario que apenas justifica la paciencia que debe cultivar. Calcula cada peso para contribuir al enganche de la casa donde vivirá con Ian. Pero esa mañana, algo interrumpe la rutina. La noticia llega a través del periódico: dos adolescentes han desaparecido en los alrededores del centro. Una van negra, dos hombres sospechosos, gritos pidiendo auxilio. Los padres de Melissa tiemblan de miedo.
Ella responde con la certeza de quien cree tenerlo todo calculado. No teme porque no mostrará miedo, porque tiene argumentos para cada peligro, estrategias de defensa, lógica implacable de quien aún no ha sido tocada por la realidad más dura. Pero conforme avanza el día, mientras espera ver a Ian a la hora de almuerzo, la noticia se instala en su mente. El peligro que creía lejano se hace tangible, circunda las calles que ella transita, toca a personas de su edad.