Una lluvia torrencial convierte una calle de Caracas en un río. Una niña coloca sus libros en un paraguas y se deja llevar por la corriente de la cuneta.
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Una lluvia torrencial convierte una calle de Caracas en un río. Una niña coloca sus libros en un paraguas y se deja llevar por la corriente de la cuneta. Así comienza esta reflexión sobre la infancia y la conciencia, donde los recuerdos no funcionan como anécdotas sino como revelaciones del propio ser. La autora, nacida en 1898, rastrea sus orígenes a través de episodios vividos en diferentes continentes, desde antes de su nacimiento hasta una Valladolid marcada por la pobreza y la intemperancia paternal.
Una lluvia torrencial convierte una calle de Caracas en un río. Una niña coloca sus libros en un paraguas y se deja llevar por la corriente de la cuneta. Con esta imagen de abandono y libertad se abre esta reflexión sobre la infancia y la conciencia de sí misma.
La autora, nacida en 1898 en Valladolid, rechaza los lugares comunes sobre la existencia. No acepta que el nacimiento sea un azar de culpa ajena, sino que lo siente como acto de voluntad propia. Sus recuerdos se remontan a quince o veinte años antes de nacer, a sus años en Caracas, porque lo verdadero no es la fecha exacta sino aquello que permanece actuando en ella desde siempre.
Esta obra no relata hechos anecdóticos. Busca exponer, en su dimensión más profunda, lo que ella fue siendo desde el primer momento. Cada episodio —la cebolla que un niño sube a patadas por una escalera, el espejo oval de marco dorado donde señaló con su dedo pequeño, la herida en la mano al entrar en el cuarto de su tía— no son historias sino componentes constitutivos del ser.
La infancia aparece aquí no como una etapa superada sino como lucha constante: esfuerzo simultáneo por afirmar la conciencia y entrega a momentos de abandono que la autora describe con precisión, como la visión de un hilo de vidrio finísimo que fluye sin moverse, que retorna desde los primeros años. En esos momentos se instala una fascinación cercana al terror, una especie de silencio donde hay algo de veneración.
El padre juega un papel decisivo: fue quien la obligó a mirar, quien con presión insistente le enseñó a hablar a los cinco meses, quien sin saberlo transmitió formas de ver el mundo. La madre aparece como la presencia cotidiana que cría con dificultad en tiempos de pobreza.
A través de estas remembranzas, la autora construye una genealogía del yo no en términos de herencia formal sino de aquello que actuó desde el inicio, lo que estaba vivo antes de la conciencia clara. La pobreza, la intemperancia del padre, las costumbres heredadas forman el cimiento, pero lo verdaderamente constitutivo son los momentos de tensión emocional donde la comprensión de lo que ocurre no difería de la de un adulto.
Es una meditación sobre los orígenes del ser, sobre cómo la conciencia se forma en los primeros años, sobre la relación entre memoria, infancia y la permanencia de aquello que fuimos.
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