Amaia corre hacia su coche azul para llegar al museo donde trabaja como guía. A los veinte años, estudiante de Artes Plásticas, alterna entre clases, empleo y noches dedicadas a pintar.
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Amaia corre hacia su coche azul para llegar al museo donde trabaja como guía. A los veinte años, estudiante de Artes Plásticas, alterna entre clases, empleo y noches dedicadas a pintar. Pero sus ojos morados, síntoma del síndrome de Alejandría, le advierten que el tiempo se agota: la visión se desvanece. Mientras lucha contra esta oscuridad inminente, se aferra a los colores que aún puede percibir y a la admiración que siente por Daniel Bacchelli, un pintor cuyas obras son su refugio. Cuando se abre una competencia de bocetos que promete un mes en su estudio, Amaia ve su oportunidad. En cada trazo coloca todo lo que pronto deberá soltar.
Amaia Carlini vive entre colores que pronto dejará de ver. A los veinte años compagina sus estudios de Artes Plásticas con un trabajo como guía en un museo local, mientras cada noche libera en pequeños lienzos los sentimientos que guarda durante el día. Su mundo es austero: un departamento compartido con su madre, un coche viejo, dinero justo para lo esencial. Pero tiene algo que la sostiene: los colores.
Sus ojos morados, consecuencia del síndrome de Alejandría, son una condena silenciosa. Los médicos han explicado lo que sucede, pero Amaia ha decidido no acudir más a consultas, no permitir más restricciones. Prefiere aceptar lo que viene: la visión se apaga poco a poco, y ella lo sabe. Algún día quedará en la oscuridad, pero mientras tanto quiere pintar.
La vida de Amaia gira en torno a una obsesión: el pintor Daniel Bacchelli. Sus obras abstractas la hipnotizan, como si cada trazo guardara un misterio que ella pudiera descifrar. Admira sus cuadros en el museo, compra sus libros con lo que puede ahorrar, asiste a sus conferencias. Cuando se entera de que Bacchelli lanzará una competencia de bocetos con la promesa de que el ganador se hospedará un mes en su estudio, Amaia ve abrirse una puerta única.
El encuentro cara a cara es desalentador. El pintor es frío, despectivo, casi cruel con la admiración que ella vuelca espontáneamente. Pero nada la detiene. Amaia comienza a trabajar en su boceto: un rostro sin ojos, un vacío donde debería haber visión, rodeado de destellos de colores brillantes. Es su forma de hablar de lo que viene, de lo que acepta pero no supera. Mientras trabaja, sus ojos empeoran, pero continúa. En cada pigmento deja parte de lo que está a punto de perder para siempre.