El ascensor llega solo hasta la sexta planta; dos tramos de escaleras más arriba está la casa donde nació. En ese ático madrileño de los años cincuenta, una niña descubre que la verdadera arquitectura de su infancia no son las paredes,…
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El ascensor llega solo hasta la sexta planta; dos tramos de escaleras más arriba está la casa donde nació. En ese ático madrileño de los años cincuenta, una niña descubre que la verdadera arquitectura de su infancia no son las paredes, sino la amistad con Ángela, hija del famoso cantante Antonio Molina, quien vive tres plantas más abajo. Dos niñas que construyeron un mundo de juegos infinitos, lecturas compartidas y complicidad en el barrio de Argüelles, cuando Madrid permitía a los niños volar.
Vivir en un ático durante la infancia marca la mirada: acostumbra los ojos al cielo infinito. Así creció la protagonista en la calle Guzmán el Bueno, en el barrio de Argüelles, en la Madrid de mediados del siglo veinte. Un mundo donde convivía la arquitectura finisecular con los aires nuevos de una clase media próspera: tiendas, cafeterías, cines, librerías. Un espacio donde todavía era posible vivir sin planes predeterminados, donde la fantasía desbordante creaba playas en los baños, pistas de esquí en pasillos esparcidos de talco, donde la euforia llevaba a tirar globos de agua desde las terrazas.
En el tercero de ese edificio vivía la familia Molina: Antonio, cantante que triunfaba en los teatros, su esposa Angelita, y Ángela, nacida apenas días después de la narradora. De esa proximidad nació una amistad que sería el corazón del libro: inseparables desde los tres o cuatro años. Una amistad en el encuentro libre, la empatía, lo festivo que surgía entre ellas, una presencia mutua sin forzar nunca nada.
La autora teje un mapa íntimo de esa infancia: lecturas compartidas en silloncitos rosas, recitándose una a la otra; juegos donde la televisión recién llegada era solo pretexto para la acción; momentos de libertad donde los niños se movían libremente entre casas. Teléfonos hechos con envases de yogur y cordeles, coronas de hojas de castaño, historias de náufragas en islas remotas.
Es una crónica de lo que fue vivir sin vigilancia constante, donde los padres confiaban en que los hijos se apañaran solos pero estaban siempre disponibles. Sus progenitores eran excepcionales: avanzados, rompedores, que colocaban el amor por encima de todo y hablaban de sus sentimientos sin ocultarse, aunque a veces fuera a gritos. Como aquel día cuando un maletín lleno de billetes voló por la ventana de la cocina. En ese nido de puertas abiertas, la amistad entre estas dos niñas echó raíces que el tiempo no desgastó.
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