Una mujer de discreta elegancia permanece a bordo de una embarcación en los muelles de Brooklyn. Es 1891, y Josephine Diebitsch Peary se dispone a convertirse en la primera mujer blanca en pasar un año en el Ártico.
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Una mujer de discreta elegancia permanece a bordo de una embarcación en los muelles de Brooklyn. Es 1891, y Josephine Diebitsch Peary se dispone a convertirse en la primera mujer blanca en pasar un año en el Ártico. Su diario documenta aquella experiencia extrema en Groenlandia: la construcción de un refugio de madera en la bahía McCormick, la convivencia con los inuit y sus costumbres perturbadoras, el descubrimiento de una naturaleza feroz y hermosa a la vez. A diferencia de otros exploradores, su relato destila serenidad y admiración por el paisaje polar.
En los muelles de Brooklyn, el 6 de junio de 1891, Josephine Diebitsch Peary permanece a bordo de una embarcación lista para zarpar hacia el Ártico. Es la primera mujer en participar en una expedición polar.
Hija de inmigrantes prusianos, Josephine es mujer de carácter determinado. Se enamora de Robert Peary, oficial de la Armada, y tras seis años de noviazgo lo acompaña en esta expedición. Durante el viaje, el timón golpea a Peary, rompiéndole la pierna. Sin dudarlo, ella ordena continuar hacia Groenlandia.
En la bahía McCormick, Josephine elige personalmente el lugar del campamento. Sus notas hablan de flores formando una alfombra indescriptible. Construyen un refugio de madera donde vivirán seis personas durante un año. Es en aquellas primeras noches, durmiendo en tienda batida por el viento, armada con su colt 45, cuando comienza su inmersión en aquel mundo.
La llegada de los inuit la confronta con una realidad perturbadora: el olor, la suciedad, los insectos. Su primera noche en un iglú es choque brutal. Cuerpos semidesnudos, carne de morsa cruda, necesidades fisiológicas sin pudor. La repugnancia la arrastra casi a la histeria.
Pero Josephine transforma esa repulsión en observación rigurosa. A diferencia de sus compañeros varones, ella se centra en los seres humanos. Su diario se convierte en registro etnográfico: costumbres, comportamientos, creencias de una población ártica aislada. Presta especial atención a las mujeres inuit, documentando su trabajo, obligaciones, cuidado de hijos, sistemas de divorcio y el machismo con que los hombres las tratan.
La expedición es difícil. La convivencia durante la noche polar crea tensiones. El carácter de Josephine, su rechazo a la suciedad, sus exigencias de higiene, generan roces profundos. Se recluye en su habitación. Ellos rehuyen su trato.
Y sin embargo, su diario destila felicidad. Mientras otros exploradores hablan de dureza insoportable, Josephine sale cada día a paseos solitarios, armada, empaparse de aquella naturaleza en estado puro. El paisaje la envuelve en serenidad. Aquel lugar, pese a sus aspectos negativos, posee belleza especial que impregna su alma desde el primer momento. Un año de hielo, aislamiento y extrañeza se convierte en sus páginas en un canto a la vida al aire libre y la observación de los pequeños detalles.