Diana Athill emprende en agosto de 1947 un viaje a Florencia junto a su prima Pen, a bordo del tren Golden Arrow. Escrito cuando tenía treinta años pero publicado cerca de cumplir los cien, este diario rescata las aventuras y recuerdos de…
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Diana Athill emprende en agosto de 1947 un viaje a Florencia junto a su prima Pen, a bordo del tren Golden Arrow. Escrito cuando tenía treinta años pero publicado cerca de cumplir los cien, este diario rescata las aventuras y recuerdos de esos días inolvidables tras la Segunda Guerra Mundial. En sus páginas, la editora británica reflexiona sobre la admiración por el arte florentino, la cocina italiana, y la pasión por el descubrimiento personal a través del viaje.
El tren Golden Arrow avanza en la noche. Diana Athill descorre la persiana de su compartimento y ve un andén desconocido iluminado por un farol, voces en idioma extranjero que la estremecen de emoción. Es agosto de 1947, y es su primer viaje al extranjero después de la guerra. Diana Athill, editora y escritora británica, a los treinta años registra en este diario dos semanas en Florencia junto a su prima Pen, regalo de su tía para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero el viaje significa mucho más que una escapada turística. Para Diana, viajar representa la libertad, la pasión del descubrimiento, la huida del encierro que significaron seis años de conflicto. Durante más de cincuenta años como editora en Londres, conocería a algunos de los más importantes escritores del siglo XX. Pero en sus vacaciones buscaba algo distinto: la experiencia de estar en otro sitio, de despertar en lugares nuevos, de sentir la intensidad de la vida sin los compromisos cotidianos que la ataban en casa. Florencia fue su primer destino verdaderamente diferente. Su belleza no necesitaba convertirse en hogar; era deliciosamente ajena. La ciudad se revela a través de detalles sensoriales precisos: la arquitectura renacentista, las montañas que surcan la ventanilla del tren, una cascada inesperada, la luz dorada del Mediterráneo. Pero el verdadero encanto reside en las conexiones humanas. Su prima Pen, diferente en casi todo pero cómoda como unas pantuflas viejas, no tiene reparo en exigir mejores cambios de moneda a banqueros italianos en italiano deficiente, o en lograr acceso a la Villa I Tatti de Bernard Berenson. Juntas descubren la ciudad con libertad. El diario entrelaza otros viajes posteriores que marcaron su vida. Italia nuevamente, con su primo Toby y una granja junto a Lucca donde pasó seis veranos consecutivos. Trinidad con su bienteveo. Dominica, la isla de Jean Rhys, donde una sensación repentina de pertenencia despierta un gen caribeño dormido en su memoria. Dubrovnik con gitanos y peligrosos flirteos. Corfú, con una terraza sobre olivos deformados y el mar bajo una red dorada de luz. A través de estas páginas, Athill reflexiona sobre la naturaleza profunda del viaje. No era mera recreación, sino la experiencia de ser otro, de experimentar plenamente la existencia. Un testamento a la libertad personal y a la importancia de atreverse a viajar sola.
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