Un sexólogo documenta los encuentros casuales que tejen las vidas de sus pacientes. A través de sus consultas, reflexiona sobre si el destino existe o si nuestras propias características crean la ilusión del encuentro: dos hombres que…
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Un sexólogo documenta los encuentros casuales que tejen las vidas de sus pacientes. A través de sus consultas, reflexiona sobre si el destino existe o si nuestras propias características crean la ilusión del encuentro: dos hombres que descubren que sus perros comparten nombre, parejas que llegan al consultorio sin saber qué las une o las separa. Entre casos clínicos y meditaciones sobre el deseo, el autor entrelaza la precisión de quien observa con la vulnerabilidad de quien intenta comprender qué sucede realmente cuando dos personas se encuentran.
En una consulta de sexología, un profesional documenta fragmentos de vidas ordenadas por preguntas sin respuesta definitiva. ¿Existe el azar en los encuentros amorosos? Cuando dos personas se cruzan en la calle, chocan accidentalmente y luego se reencuentran en una exposición de arte, ¿es pura coincidencia? Cuando un barbero y un cocinero se conocen en una panadería y descubren que ambos tienen un perro llamado Otto, ¿el encuentro estaba escrito?
El sexólogo propone una tesis provocadora: lo que llamamos casualidad es la consecuencia natural de quiénes somos. Nuestras características, valores, la forma en que nos movemos por el mundo, nos llevan con mayor probabilidad hacia ciertas personas y ciertos espacios. El rechazo del barbero hacia una realidad provincial lo orientó hacia la ciudad; su sensibilidad por los placeres íntimos lo hizo amar la música de cámara, la actividad al aire libre, el pan casero. El otro hombre, hijo de una familia moderna que lo criaba en libertad, fue a la panadería porque hereda esa pasión por la cocina genuina. No fue suerte lo que los reunió, sino la natural confluencia de sus propias historias.
El libro es simultáneamente un diario clínico y una meditación. El sexólogo escucha a parejas en crisis, a hombres con eyaculación precoz, a gente que ha dejado de desearse. Toma notas meticulosas: la postura de las manos, la vacilación en la voz, el brillo o la ausencia de brillo en la mirada. En casa, en el tranvía, cenando, relee lo que ha escrito. Se tumba en el suelo, cierra los ojos, intenta convertirse en el paciente, imaginar su día, sus obsesiones, el recorrido de sus pensamientos. Es un ejercicio de empatía radical.
El prólogo revela una negociación fundamental: el libro nació de la tensión entre la verdad clínica y la libertad narrativa. El autor debió decidir si escribir ficción o casos reales. Optó por una zona gris: los personajes existen, pero sus historias han sido reconfiguradas, algunas fusionadas. Las emociones, asegura, son todas verdaderas. Las palabras, no siempre.
Es un diario que invita a replantear qué hay realmente detrás de un encuentro casual, qué fuerzas nos hacen recorrer la ciudad, qué nos atrae de otro cuerpo, otra mente. Un registro de observación sobre cómo el azar y la esencia personal convergen.
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