"Ustedes se van pero aquí se quedan..." escribe un niño a sus padres horas antes de su viaje a Europa. Esa tarde, al verlos descender del avión meses después, aprende que la felicidad existe en otra parte.
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"Ustedes se van pero aquí se quedan..." escribe un niño a sus padres horas antes de su viaje a Europa. Esa tarde, al verlos descender del avión meses después, aprende que la felicidad existe en otra parte. Cuarenta y cinco años más tarde, este diccionario reúne historias de viajero: encuentros fugaces en barras nocturnas, amigos de una sola noche, decisiones que cambian vidas, armónicas tocadas por el viento del Sahara, camaradería en camiones brasileños. Un libro donde cada entrada es una puerta, cada palabra un lugar, cada viaje un adiós.
Un libro que abre con una escena de infancia decisiva: un niño de siete años, aterrado por la partida de sus padres a Europa durante tres meses, escribe una cartita demoledora: “Ustedes se van pero aquí se quedan Miriam, Mauricio y Jonás. No lo olviden.” Años después, esa tarde de septiembre en el aeropuerto de Carrasco, viendo a su padre descender de la escalerilla del avión con una sonrisa de oreja a oreja, deviene el origen de una obsesión de por vida. El diccionario que reúne estas páginas es el fruto de cuarenta y cinco años de viajero. Está compuesto por historias dispersas, ordenadas alfabéticamente como un índice de lugares y sentimientos: Adiós, África, Amigo, Amuleto, Autostop, Bailar. Cada entrada es una reflexión sobre la condición del viajero, la naturaleza efímera de los encuentros en la ruta, la melancolía irreductible de partir. Entre sus páginas habitan historias propias e historias ajenas que se tornaron propias mediante la repetición, la convivencia en camarotes de tren y estaciones de autobús. El autor dialoga con la frase de Borges: “maravillado de que las imaginaciones de un hombre sean con el tiempo recuerdos personales de muchos otros”. Los relatos van desde la soledad de las despedidas hasta la ternura de los amigos de una noche; desde la magia de una armónica tocada por el viento en el corazón del Sahara hasta las aventuras impredecibles en cabinas de camiones donde se mezclan cachaça, risa, peligro y afecto. El viaje emerge como estado permanente. La felicidad, enseña la obra, siempre está en otra parte, y la vida de quien viaja es una sucesión de adioses. Pero en esa condición de tránsito, en esos encuentros que no duran más que una noche, en las amistades de circunstancia y el encuentro casual, reside una verdad que no se halla en los lugares fijos. Historias donde el camino y el mundo son el único dueño de lo que sucede.
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