En una estación de ferrocarril inglesa, un hombre desciende del tren huyendo de su perseguidor. Camina por senderos que se bifurcan en la penumbra buscando un nombre que lo conduce a un jardín donde lo espera el secreto de su antepasado.
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En una estación de ferrocarril inglesa, un hombre desciende del tren huyendo de su perseguidor. Camina por senderos que se bifurcan en la penumbra buscando un nombre que lo conduce a un jardín donde lo espera el secreto de su antepasado. Esta es la puerta de entrada a una antología inaugural: diez cuentos policiales argentinos que nacen de la convicción de que Buenos Aires, con su trama cotidiana y sus misterios silenciosos, es un escenario tan fecundo para el suspenso como las brumas londinenses. Desde los ingenios de autores consagrados como Borges hasta las primeras pruebas de nuevos talentos, los relatos que aquí se reúnen revelan una particularidad: el rigor argumental y la gracia de la escritura que caracteriza a los mejores policiales argentinos de la primera mitad del siglo veinte.
Un espía chino amarrado a la lengua alemana huye por la campiña de Suffolk en 1916. Busca un jardín que no es lo que parece, una casa donde lo aguarda un sinólogo inglés dispuesto a revelar el secreto que su bisabuelo guardó durante trece años: un laberinto que no es físico sino narrativo, un tejido de bifurcaciones donde cada camino es real y simultáneo.
Este cuento de Jorge Luis Borges abre una colección que representa un hito en la literatura argentina: la primera antología de cuentos policiales publicada en el país. Reunida por Rodolfo J. Walsh y editada por Librería Hachette en 1953, revela cómo en apenas una década el género, hasta entonces monopolio de las tradiciones anglosajonas y francesas, había echado raíces profundas en suelo local.
Los diez cuentos que la componen comparten una cualidad: la certeza de que Buenos Aires —ese espacio cotidiano, con sus calles recorridas a diario sin presentir lo que habita bajo la superficie— es escenario tan legítimo para el suspenso y el misterio como Londres o París. Junto a nombres ya consagrados como Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou, figuran autores en sus primeras armas literarias que tratan de cumplir un programa de superación. El ingenio, el suspense, el colorido ambiental y ocasionalmente el humorismo son los elementos que tejen estos relatos con concisión y precisión.
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