Cuando Inés regresa apresuradamente a su casa para recuperar unos papeles olvidados, el teléfono suena. Del otro lado, Juan acaba de despertar de su sueño superficial tras trabajar toda la madrugada en un retrato.
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Cuando Inés regresa apresuradamente a su casa para recuperar unos papeles olvidados, el teléfono suena. Del otro lado, Juan acaba de despertar de su sueño superficial tras trabajar toda la madrugada en un retrato. Por un error en las líneas telefónicas, sus llamadas se conectan por primera vez. Lo que comienza como un malentendido se convertirá en un hilo de conversaciones nocturnas que los vinculan, mientras el azar los coloca una y otra vez en los mismos lugares de la ciudad. Entre el teléfono y la calle, entre la voz desconocida y el rostro familiar que aparece en todas partes, ambos descubren que existen encuentros que transcienden la voluntad.
Inés es abogada. Una mañana, vuelve apresuradamente a su casa para recuperar unos papeles olvidados, pues debe presentarse en su despacho con urgencia. El teléfono suena apenas cruza la puerta, y ella descuelga pensando que alguien la llama a propósito. Del otro lado, Juan, un pintor que ha pasado la madrugada retocando un retrato, acaba de despertar por ese mismo sonido insistente. Ambos suponen que el otro marcó su número; ambos se disculpan por la confusión. Pero en realidad, las líneas telefónicas están enlazadas, conectando a dos desconocidos de manera inexplicable.
Este primer encuentro debería ser el único, pero no lo es. En los días siguientes, las llamadas se repiten. Inés y Juan intentan reportar el problema a la central telefónica; los técnicos revisan los aparatos sin encontrar daño alguno. Las líneas continúan enlazadas caprichosamente, permitiendo que ambos se comuniquen cada vez con mayor frecuencia. Con el transcurso de las semanas, deciden aceptar el azar. Descubren que les gusta hablar con ese desconocido, compartir sus preocupaciones sin revelar sus nombres ni sus números. Hay algo mágico en la clandestinidad de esas conversaciones.
Pero el azar, generoso y pertinaz, decide ir más allá. Comienzan a encontrarse en las calles de la ciudad de México. Inés cruza con su portafolios en la Avenida de los Insurgentes y, entre los arbustos del camellón, se detiene a menos de un metro de Juan, sofocándose ambos por el humo de los autos. Comparten asientos en un teatro, respirando el mismo aire viciado durante dos horas, sin saber que son los mismos que hablan cada noche por teléfono. Los encuentros se suceden con tal frecuencia que sus caras se vuelven familiares. Inés es la primera en advertirlo: ese hombre alto y desgarbado aparece en todas partes. Luego, Juan también repara en ella, en esa mujer seria que lo sigue como su sombra por toda la ciudad.
Una noche, ambos sueñan el uno con el otro. Despiertan excitados, deseando que suene el teléfono, pues han adivinado que la mujer que encuentran en cada esquina es la misma que escuchan al atardecer, que el hombre que los persigue es el interlocutor desconocido. El silencio de los teléfonos los mantiene despiertos hasta el amanecer. Inés rechaza la idea de que el azar los esté guiando; cree que Juan la espía, que sus encuentros son deliberados. Juan piensa que toda esa obsesión es una ridiculez, una tontería. Sin embargo, ambos abandonan sus rutinas diarias para no coincidir, pero el azar vuelve a encontrarlos. Juan la invita a sentarse en un bar. Ella vacila, abrumada por el tejido de coincidencias. Luego, reconocen en las manos del otro las manos del sueño compartido. La evidencia es abrumadora: algo que transciende la voluntad los ha entrelazado.
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