Quince años después de Cibernética, Norbert Wiener examina las consecuencias sociales y religiosas de su trabajo. El punto de partida es concreto: un computador que aprende a jugar damas, mejorando su estrategia por experiencia propia.
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Quince años después de Cibernética, Norbert Wiener examina las consecuencias sociales y religiosas de su trabajo. El punto de partida es concreto: un computador que aprende a jugar damas, mejorando su estrategia por experiencia propia. Desde ahí surgen preguntas que desafían la tradición: ¿pueden las máquinas aprender? ¿Reproducirse? ¿Colaborar con nosotros en igualdad de términos? Wiener rechaza los tabúes intelectuales que han impedido examinar las similitudes entre máquinas y organismos vivientes. En las páginas de este libro, descubre que la cibernética toca puntos profundos de la reflexión religiosa sobre creación, libertad y destino.
En 1963, Norbert Wiener vuelve la vista hacia la cibernética y sus consecuencias para la sociedad y el pensamiento religioso. El prefacio de este libro sitúa al lector en los años sesenta, momento en que la automatización deja de ser una posibilidad futura para convertirse en una realidad concreta: el desempleo derivado de máquinas cada vez más sofisticadas es ya un problema vital. Wiener inicia su reflexión de manera concreta. Un computador de IBM, programado por el Dr. A. L. Samuel, aprende a jugar damas: analiza sus propios movimientos, detecta errores, mejora. La máquina no recibe instrucciones sobre cada jugada posible; modifica su estrategia mediante experiencia. Esa capacidad de aprendizaje, que siempre hemos considerado patrimonio exclusivo de seres conscientes y vivientes, aparece ahora en silicio y electricidad. Desde ahí, el autor articula una pregunta inquietante: si las máquinas pueden aprender, ¿por qué no podrían reproducirse? Si pueden reproducirse, ¿acaso no estarían haciendo otras máquinas “a su propia imagen”? La frase evoca el Génesis, el acto divino de creación. Wiener no intenta presentar las máquinas como dioses, sino examinar sin prejuicio lo que ocurre cuando los sistemas técnicos exhiben atributos que la tradición religiosa reservaba para la vida. El libro rechaza los tabúes intelectuales que han impedido al pensamiento occidental analizar en paralelo las máquinas y los organismos vivos. Wiener critica la falsa piedad que insiste en que seres vivos y máquinas pertenecen a órdenes categoriales irreconciliables. Propone, en cambio, diseccionar con rigor —“con el espíritu de la sala de operaciones, no del rito ceremonial”— los puntos de contacto entre la ciencia y la religión que la cibernética ha puesto de relieve. Tres ejes ordenan su indagación: máquinas que aprenden, máquinas que se reproducen, y sistemas donde máquinas y humanos se coordinan. El tercero toca dilemas éticos de la época: ¿cómo debe el hombre relacionarse con máquinas cada vez más autónomas? ¿Qué responsabilidad moral tenemos cuando delegamos decisiones en ellas? El autor encuentra paralelos religiosos en estos problemas: el juego entre Dios y el Demonio en el Libro de Job, la pregunta sobre el libre albedrío en el Paraíso Perdido. Si el Demonio es una criatura de Dios, ¿cómo puede un ser omnipotente y omnisciente jugar contra una criatura? ¿No estaría, desde el principio, condenada cualquier rebelión? Wiener extrae de la cibernética una óptica nueva para estas viejas cuestiones teológicas.
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