Nueve relatos ambientados en Dismundo, una aldea rural perdida en el noroeste ibérico, donde la pobreza define la existencia cotidiana de sus habitantes.
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Nueve relatos ambientados en Dismundo, una aldea rural perdida en el noroeste ibérico, donde la pobreza define la existencia cotidiana de sus habitantes. Personajes como Doña Bibina, Rufino y Armelinda viven atrapados en una rutina sin horizonte, marcada por la precariedad y el trabajo agrícola. A través de historias de ternura, dolor y cotidianidad, Rogelio Blanco retrata la vida en los márgenes, utilizando un lenguaje rico en palabras antiguas del castellano que revela la dignidad de quienes han sido olvidados.
En una mañana de invierno en Dismundo, los escolares descubren que la arcilla que sujeta las piedras de la escuela se desmorona bajo la acción de la orina, y con esa revelación infantil comienza un proceso lento y silencioso de transformación. Así arranca el primer relato de este libro que abre puertas a la existencia de una aldea olvidada en los brezales del noroeste, donde la vida transcurre sin reloj ni horizonte.
Rogelio Blanco construye nueve ficciones autónomas que forman un mosaico de la pobreza rural. No son cuentos folclóricos ni estampas costumbristas, sino narraciones que emergen de la tierra misma, del humus que constituye la existencia de Dismundo. Doña Bibina, la maestra desagradable y maloliente; Rufino, el niño ingenioso; Armelinda, Secundino y otros habitantes cuya sola mención evoca la resistencia de quienes subsisten en los márgenes.
La aldea es un lugar sin tiempo, donde las ovejas retornan de los pastos entre los pinos, donde los niños a los catorce años serán peones o criadas en la capital, condenados a repetir el linaje del pobre. La climatología y el ciclo agrícola imponen un ritmo monótono, interrumpido apenas por la vida escolar invernal y las veladas junto al fuego. Las tumbas de los niños ocupan casi la mitad del cementerio.
Sin embargo, en Dismundo late una humanidad que no se rinde. Los dismundianos saben sobrevivir, prueban que lo humano es capaz de atravesar las asperezas más crueles. Blanco no oculta las carencias culturales ni la inequidad que pesan sobre la aldea, pero cede la palabra a sus gentes, instala preguntas incómodas: ¿por qué los demás no se miran en este espejo?
El lenguaje de Blanco es auténtico, poblado de palabras antiguas del castellano que descubren la riqueza de una lengua que los diccionarios olvidan. Estabular, copichuela, jato, coscorito: voces que permanecen vivas en Dismundo y que después de estas páginas se quedan a vivir en la memoria del lector. La desigualdad impide reunir en una sola todas las joyas que el castellano crea desde hace siglos.
Dismundo ofrece la medida de la resistencia humana frente a la precariedad y la injusticia. Como afirmara Tolstói, hablar de la propia aldea es ser universal; Rogelio Blanco ha hecho de esa aldea el espejo donde la desigualdad sigue pesando.