En una cabaña apartada, un hombre atado y mutilado por sus torturadores es quemado vivo por hermanos que fueron militares. Lejos de allí, en San Diego, Nathan McBride, un exfrancotirador de los marines con el torso cruzado de cicatrices de…
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En una cabaña apartada, un hombre atado y mutilado por sus torturadores es quemado vivo por hermanos que fueron militares. Lejos de allí, en San Diego, Nathan McBride, un exfrancotirador de los marines con el torso cruzado de cicatrices de torturas pasadas, recibe una llamada urgente: uno de sus clientes ha secuestrado a una de las mujeres que él protege. McBride deja atrás su vida de seguridad privada para entrar en acción.
Una cabaña en Sierra Nevada, iluminada por relámpagos durante una tormenta. Dos hermanos, Leonard y Ernie Bridgestone, veteranos militares, completan un acto de represalia. En el suelo descansan dedos amputados. El aire huele a gasolina y carne chamuscada. El que fue agente federal no verá amanecer. Cientos de kilómetros al sur, en San Diego, Nathan McBride se despierta en una habitación de hotel. Sus cicatrices cruzadas en la cara y pecho le recuerdan otros tormentos, otras misiones que salieron mal. Exfrancotirador de élite en los marines durante siete años, después agente de operaciones en la CIA, ahora trabaja en seguridad privada. Ha aprendido a vivir en el vacío: una relación sin futuro, una vida sin hogar real. Cuando Karen, su socia, lo llama en medio de la noche con urgencia en la voz, todo se quiebra. Uno de sus clientes ha vuelto y tiene retenida a Cindy, una de las mujeres que él protege. McBride corre al Mustang y dispara hacia la autopista. Tiene poco tiempo. En cuatro minutos pueden suceder muchas cosas. El hombre que fue crucificado en una jaula vertical, que sobrevivió tres semanas de puro tormento, quizá no sea el indicado para vivir en paz. Cuando llega a casa de Karen, entra en la oscuridad. Lo que sucede en los próximos minutos pone en marcha una serie de eventos que tejerán su destino con el de los hermanos Bridgestone, con un crimen que nadie debería haber cometido, y con una venganza cuyas raíces penetran más profundamente de lo que McBride puede imaginar.