En la esquina de Congress Street con Broadway, en Saratoga Springs, dos hombres desconocidos abordan a Solomon Northup. Acababa de llegar la primavera de 1841 y él buscaba trabajo mientras su esposa Anne preparaba comidas en Sandy Hill.
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En la esquina de Congress Street con Broadway, en Saratoga Springs, dos hombres desconocidos abordan a Solomon Northup. Acababa de llegar la primavera de 1841 y él buscaba trabajo mientras su esposa Anne preparaba comidas en Sandy Hill. La vida que había construido con sus propias manos—como músico de violín, trabajador de la tierra, conductor de carruajes—estaba a punto de desaparecer bajo una nube de oscuridad. Este es el testimonio de quien nació libre en Nueva York, trabajó con dignidad durante treinta años, y fue arrebatado de su familia para desaparecer en la esclavitud durante doce años.
En la esquina de Congress Street con Broadway, en Saratoga Springs, dos hombres desconocidos abordan a Solomon Northup. Era marzo de 1841, y él buscaba trabajo transitorio antes de que la temporada turística reviviera la región. En ese momento de su vida, parecía que todo le sonreía. Había nacido libre en Nueva York, hijo de un hombre que pese a haber sido esclavo alcanzó la emancipación y la propiedad. Solomon heredó esa dignidad laboriosa: trabajó con sus manos, en las granjas de su infancia, en la navegación de los ríos adonde transportaba madera, como músico de violín en bailes y celebraciones, y como conductor de carruajes en los hoteles de Saratoga. Su violín era célebre en los pueblos circundantes; su esposa Anne Hampton, una excelente cocinera, era solicitada para las comidas en eventos públicos.
Con su familia—la pequeña Elizabeth de diez años, Margaret de ocho, y el pequeño Alonzo de cinco—habitaban una casa en Washington Street. Paseaban juntos por las arboledas de Saratoga, él orgulloso de esos hijos cuya piel oscura amaba con la misma calidez que si fuera blanca como la nieve. La vida transcurría en una normalidad de trabajo, ahorro y afecto familiar, cuando aquellos dos hombres aparecieron con una proposición: un circo necesitaba músicos y ventrílocuos, con buen pago y pocos compromisos. Solomon aceptó. Lo que siguió fue su desaparición bajo las cadenas de la esclavitud durante doce años.
Este es su testimonio: el relato de quien fue secuestrado de su libertad, transportado a las plantaciones de Luisiana, y obligado a vivir bajo el látigo de hombres que lo consideraban propiedad. Únicamente en enero de 1853, tras sufrir lo que describe como la mayor injusticia, el dolor y la desesperación, recuperó su nombre y su libertad. En estas páginas, Solomon narra los hechos tal como los vivió: sus años de trabajo forzado, los distintos amos que lo poseyeron, y la resistencia silenciosa de quien supo que seguía siendo un hombre aunque la ley pretendiera negarle esa condición.
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