Un expresidente de setenta y tres años viaja a Ginebra buscando respuesta para un dolor persistente que los médicos no logran diagnosticar. Mientras la ciudad se revela irreconocible tras el paso del tiempo, descubre que sus propios…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Un expresidente de setenta y tres años viaja a Ginebra buscando respuesta para un dolor persistente que los médicos no logran diagnosticar. Mientras la ciudad se revela irreconocible tras el paso del tiempo, descubre que sus propios recuerdos europeos de años atrás han sido reemplazados por fantasmas de la memoria. Un encuentro casual con un chofer de ambulancia del Caribe lo confronta con la verdad del exilio y la inevitabilidad de la muerte.
Sentado en un banco del Parque Inglés de Ginebra, un expresidente contempla cisnes mientras reflexiona sobre la muerte. Tiene setenta y tres años, cabello abundante ondulado, bigote de mosquetero, la dignidad visible de quien ejerció el poder. Acudió a la ciudad suiza hace seis semanas perseguido por un dolor esquivo que rechaza diagnosticarse. Los médicos lo buscan en el hígado, los riñones, el páncreas; el dolor aparece en la ingle, en el costillar, migra sin cesar.
Un médico lúgubre le muestra una radiografía iluminada de su espina dorsal. Señala con un puntero la unión de dos vértebras donde asegura reside el mal. Luego se lleva el dedo a la sien: en rigor, dice, todo dolor está en la mente. La operación que propone es arriesgada, inevitable. El margen de riesgo permanece sumido en la incertidumbre.
Ginebra ya no coincide con sus recuerdos de décadas atrás. Las gaviotas mansas y las mujeres fantasmales de sus tiempos de gloria han desaparecido. Cuando camina por las calles sin abrigo, comprueba que Europa entera ha envejecido más que él. El otoño llega de súbito: el lago se agita embravecido, el viento derriba las banderas, el surtidor se apaga.
En un café restaurante, ordena un café después de treinta años de renunciar a él. Ha dicho que si tuviera certeza de morir, lo tomaría de nuevo. Quizás ese momento ha llegado. Deja reposar el sedimento en la taza como un oráculo.
Alguien lo observa desde otra mesa: un hombre pálido, sin afeitar, con gorra deportiva. Aunque intuye que podría ser producto de sus propias fantasías persecutorias, la sensación de ser vigilado lo invade. Al salir del café y doblar una esquina, siente los pasos detrás de los suyos. Se gira abruptamente. El hombre casi tropieza con él.
Es Homero Rey, chofer de ambulancia. Nativo del Caribe, del mismo país que el expresidente. En ese encuentro casual se materializa algo que trasciende la coincidencia: dos hombres del mismo origen, separados por continentes y por los años que la ausencia consume. El expresidente lo invita a almorzar, como si en ese acto pudiera recuperar algo irremediablemente perdido. Lo que inició como una búsqueda médica se transforma en la revelación de que ciertos dolores jamás encontrarán remedio en ningún consultorio, porque son los dolores del tiempo, el exilio y la lejanía.