En la penumbra de una choza amazónica, un brujo convulso extrae del cuerpo enfermo la araña maléfica que lo mata. La novela sigue a Yaimanco, curaca aguaruna cuya tribu dominó el Alto Marañón, cuando un cauchero blanco le roba la cabeza…
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En la penumbra de una choza amazónica, un brujo convulso extrae del cuerpo enfermo la araña maléfica que lo mata. La novela sigue a Yaimanco, curaca aguaruna cuya tribu dominó el Alto Marañón, cuando un cauchero blanco le roba la cabeza reducida de su antepasado Poanche. Su negativa a devolverla desata una cadena de eventos que transforma a Yaimanco de negociador en guerrero vengador, orquestando ataques contra los puestos de caucho hasta ser capturado y llevado prisionero a Iquitos.
En lo profundo de la selva amazónica, un brujo danza en la penumbra, succionando los males que consumen al enfermo: la araña maléfica que sus enemigos metieron en el cuerpo. Así comienza esta novela que recupera la voz de Yaimanco, curaca aguaruna cuyo poder en las armas hizo de su tribu la dueña indiscutible del Alto Marañón. Durante generaciones, los aguarunas vencieron a antipas y huambisas, acumularon sansas —cabezas reducidas de guerreros vencidos— y esclavos, navegaron con audacia los rápidos del Marañón. Pero hace cuatro lunas las victorias cesan. Tres campañas fallidas contra el Cenepa dejan a Yaimanco herido y derrotado, sus mejores guerreros caídos en el campo. El brujo ha aplicado remedios, el curaca ha bebido tabaco masticado, pero el dios Cumbanama ha retirado su protección desde que la sansa de Poanche, la cabeza reducida de su héroe, fue robada. Un cauchero blanco de cabeza dorada, que vive en la boca del Nieva extrayendo caucho, cambió la sansa por un rifle. Yaimanco desciende el río en balsa, navegando peligrosos rápidos y cascadas, y llega en paz al puesto del blanco, como corresponde a un hombre de honor. Ofrece oro que brota de la tierra, manchales de caucho, bolas de jebe acumuladas por toda la tribu. El cauchero primero niega tenerla, luego confiesa haberla enviado a Lima. Rechazado, Yaimanco regresa y convoca a los curacas en asamblea. Su palabra es fuego que quema, espina que punza, miel que dulcifica. Recuerda triunfos pasados: cómo Inchama detuvo a los hijos del inca en el Marañón, cómo sus guerreros destruyeron ciudades españolas, saquearon Jaén y Logroño. ¿Permitirán ahora que los blancos talen bosques? Las tribus se unen. Trescientos guerreros rodean el puesto de Del Valle en la espesura. Cuando un peón sale al río, una lanza lo atraviesa. Explota la batalla: aguarunas lanzan teas, caucheros hacen tronar carabinas. Guerreros saltan de árboles y matorral, rematan sanguinariamente. Yaimanco escupe la cabeza del cauchero en triunfo. La insurrección se expande por toda la cuenca. Pero los rifles blancos disparan cien balas mientras los wínchesters acierten apenas una. A pesar del valor de Chume, que mata a dentelladas, la derrota llega inexorable. Yaimanco es capturado, metido en bodega oscura de gran canoa, febril, maniatado, sangrando. Asciende hacia Iquitos. Cuando emerge y escucha su nombre coreado por la multitud, se incorpora de pie luciendo su larga cabellera negra y ruge con orgullo.
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