En Sevilla, hacia 1812, un oficial herido de treinta años cuelga el uniforme. Ángel de Saavedra, futuro Duque de Rivas, regresa de la Guerra de Independencia para dedicarse a la poesía y el teatro. Pero la política lo perseguirá.
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En Sevilla, hacia 1812, un oficial herido de treinta años cuelga el uniforme. Ángel de Saavedra, futuro Duque de Rivas, regresa de la Guerra de Independencia para dedicarse a la poesía y el teatro. Pero la política lo perseguirá. Liberal convencido durante los años de la Constitución de Cádiz, en 1823 lo obliga el absolutismo a huir bajo pena de muerte. Diez años vive en exilio europeo. Amnistiado en 1834, regresa transformado en hombre más moderado y hereda el ducado. Sus tragedias neoclásicas, compuestas en los años veinte, portaban alegorías contra los tiranos que gobernaban España: historias de usurpación y conjuras donde resonaban sus luchas por la libertad.
Nace Ángel de Saavedra en Córdoba el diez de marzo de mil setecientos noventa y uno, hijo de aristocracia letrada. Su padre muere cuando tiene once años; es trasladado a Madrid como interno en el Seminario de Nobles, institución frecuentada por segundones de familias aristocráticas. Crece entre educadores franceses que huyeron de la Revolución y maestros españoles que lo introducen a los clásicos de la Edad de Oro. A los dieciséis años entra en el ejército; durante la Guerra de Independencia lucha en varios frentes y es herido de gravedad en Ocaña. Recuperado, continúa la defensa de Cádiz sitiada. Acabada la guerra en 1812, se retira con el grado de teniente coronel a la capital andaluza. Aquellos años tranquilos lo ven dedicarse a la pintura y las letras, iniciándose también en el teatro. Cuando en 1820 regresa la Constitución de Cádiz, se presenta a las elecciones legislativas siendo elegido diputado; es liberal exaltado y duro opositor del gobierno. Pero el régimen liberal dura poco. En octubre de 1823 entran en España las tropas de la Santa Alianza y Fernando VII recupera sus poderes absolutos. Condenado a muerte, sus bienes confiscados, Saavedra huye. Pasa por Gibraltar y Londres, se establece en Malta cinco años, viaja a París. Durante la década del exilio vive la apoteosis del Romanticismo europeo, lee a Shakespeare y Byron, escribe parte significativa de su obra poética. Cuando en 1834 muere Fernando VII y su viuda promulga amnistía, regresa después de más de diez años fuera. Poco después hereda el ducado. Entonces su vida cambia: la actividad política lo ocupa principalmente. Es ministro, embajador en Nápoles, en París ante Napoleón III, senador, miembro de la Real Academia Española desde 1834 y su presidente en mil ochocientos sesenta y dos. Pero nunca abandona la literatura. Sus tragedias neoclásicas de los años veinte—Ataúlfo, Aliatar, Doña Blanca, El duque de Aquitania—siguen estrictamente las reglas del drama antiguo, aunque algunas contienen alegorías transparentes contra la tiranía que lo persiguió. Muere a los setenta y cuatro años en mil ochocientos sesenta y cinco, anciano de una época turbulenta, apasionada, romántica y contradictoria como lo fue su propia existencia.
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