Una noche de lluvia, un anciano borracho es abandonado en la puerta de su casa. Empapado y desorientado, Isidoro Mendizábal se ve atrapado entre la realidad presente y los recuerdos implacables de la Guerra Civil Española.
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Una noche de lluvia, un anciano borracho es abandonado en la puerta de su casa. Empapado y desorientado, Isidoro Mendizábal se ve atrapado entre la realidad presente y los recuerdos implacables de la Guerra Civil Española. A través de su confusión etílica emergen imágenes de bombardeos, hambruna y destrucción en Madrid; flashbacks de su juventud como hombre adinerado que huyó a París tras perder a su padre en un bombardeo. Don Isidoro es un retrato de cómo el trauma histórico permanece enquistado en la memoria de una generación.
Arrastrado por un taxista desde un burdel, Isidoro Mendizábal se desmorona en el portal de su casa. La lluvia madrileña cae sobre su cuerpo menudo mientras llama por ayuda, invocando al sereno que ya no existe. Pero en esa noche de frío y abandono, el alcohol y la desesperación abren las compuertas de la memoria.
El anciano se sumerge en recuerdos incontenibles de la Guerra Civil: los bombardeos que escuchaba de niño, las sirenas, el general Fanjul atrincherado en el Cuartel de la Montaña. Madrid como campo de batalla y retaguardia simultáneamente, convertida en un infierno de escombros, sangre y llantos. Su padre muere en un bombardeo. La hambruna obliga a cambiar joyas por comida en el mercado negro.
Con su madre y una doncella, huyó en un carro lleno de alfalfa hacia Francia, donde su tía Eloísa y el pintor Jean Paul Courier les ofrecieron refugio en París. El joven Isidoro, de veintisiete años, descubrió una ciudad bohemia de burdeles y decadencia, de cafés oscuros y mujeres de la noche, de una vida de opulencia que marcaba un contraste brutal con lo que había dejado atrás. Frecuentaba los locales más selectos de la capital francesa, sumergido en ese París de madrugadas húmedas y susurros.
Ahora, tirado en el suelo mojado de Argüelles, el hombre que fue don Isidoro entre la flor y nata de Madrid es apenas un viejo borracho que confunde las luces de los autos con bombardeos. Sus traumas no han cicatrizado. El presente pobre y humillante se entrelaza con el pasado de riqueza y gloria, mientras la lluvia sigue cayendo sin piedad.