Una madre primeriza ante la falta de sueño de su bebé recorre los laberintos de la literatura experta sobre crianza. Entre consejos contradictorios, se pregunta quién ha fracasado: ¿ella, el niño, o una sociedad que exige ser madre en…
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Una madre primeriza ante la falta de sueño de su bebé recorre los laberintos de la literatura experta sobre crianza. Entre consejos contradictorios, se pregunta quién ha fracasado: ¿ella, el niño, o una sociedad que exige ser madre en completa soledad? Este ensayo reflexiona sobre por qué cuidar a los hijos se ha convertido en una experiencia tan aislada y cómo los expertos, a pesar de sus buenas intenciones, pierden de vista que el verdadero problema no es familiar sino social.
Una noche, cuando el bebé no deja de llorar y la madre forcejea con su pequeño cuerpo en la cama, ella misma se asusta de su propia irritación. Así comienza el recorrido de Carolina del Olmo por una pregunta que la obsesionará: ¿dónde está mi tribu?
«¿Dónde está mi tribu?» es un ensayo que desmorona la ilusión de que existe una forma correcta de criar. Cuando la autora, licenciada en filosofía, comienza a buscar respuestas en libros de expertos, encuentra algo desconcertante: enfoques radicalmente opuestos que coexisten sin problema alguno. Unos le dicen que su hijo tiene un problema de sueño que debe solucionar dejándolo llorar. Otros le aseguran que el niño es perfectamente normal y ella debe resignarse con paciencia. Ambos la dejan sola con la culpa.
Lo que del Olmo observa es una pauta inquietante que viaja desde finales del siglo diecinueve hasta las estanterías de las librerías contemporáneas: una pugna constante entre el adultocentrismo y el niñocentrismo. En un extremo, el niño es un tirano manipulador que debe ser domesticado. En el otro, es un ser perfecto cuyas necesidades deben satisfacerse incondicionalmente. Entre ambos polos, las madres y padres quedan atrapados, sintiéndose fracasados.
Pero del Olmo va más allá de esta crítica a los expertos. Su verdadero hallazgo es que el problema no reside ni en los niños ni en los padres, sino en una sociedad cuyas exigencias son fundamentalmente incompatibles con las necesidades de quienes cuidan. Una sociedad que nominalmente ensalza la infancia pero que está construida para adultos, que exige jornadas laborales exhaustivas, que ha dispersado el tejido comunitario que alguna vez sostuvo a las familias. Un mundo donde criar a un hijo se ha convertido en una empresa solitaria cuando debería ser una tarea compartida.
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