Bob descansa en el asiento trasero del auto, su mente revisando técnicas para robar farmacias. Es apenas un hombre cualquiera en Portland: pantalón de pana, camisa gris, cabello castaño bien peinado.
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Bob descansa en el asiento trasero del auto, su mente revisando técnicas para robar farmacias. Es apenas un hombre cualquiera en Portland: pantalón de pana, camisa gris, cabello castaño bien peinado. Nadie imaginaría que tras esos ojos azules se esconde uno de los mangantes más peligrosos de la costa oeste. Junto a Diane, Nadine y Rick forma una banda que coordina robos meticulosos: mientras una finge un ataque, otro distrae, y un tercero actúa. Entre un robo y el siguiente, la rutina es siempre la misma: conseguir la mercancía farmacéutica y pincharse.
Bob aguarda en el asiento trasero de un automóvil aparcado en Portland, Oregón. Su mente divaga por técnicas de robo perfeccionadas durante años: forzar cerraduras, abrir agujeros en techos con sierras, penetraciones meticulosas en farmacias. A diferencia de las novelas negras, sus operaciones poseen refinamiento personal, casi artístico. Paradoja viviente, su aspecto de hombre común—pantalón de pana gris, camisa insulsa, cabello castaño peinado—oculta a uno de los criminales más reputados de la costa oeste. Junto a él opera una banda ensamblada con precisión. Diane es drogadicta de primer nivel, mujer que tras su cuidada apariencia de ama de casa adinerada esconde un pasado extraordinario y destreza criminal igual a la de Bob. Nadine, rubia joven sin antecedentes, da sus primeros pasos en una senda que culminará en tragedia. Rick, matón reciente, posee un historial criminal en ascenso. Su operación en la farmacia refleja la precisión de su método: mientras Nadine finge un ataque epiléptico para distraer, Diane ocupa al farmacéutico con conversación, y Bob se desliza por el mostrador abandonado. Cada movimiento funciona como un engranaje. En minutos regresan al vehículo con medicamentos en mano. Lo que sigue es la verdadera obsesión que los une: la heroína, los benzodiacepinas, los opiáceos. En casa de Diane despliegan sus boticas improvisadas: cucharas, jeringas, cinturones de cuero. Los frascos vaciados en cuestión de horas. La euforia del robo exitoso se desvanece pronto; lo único que importa es la aguja, el calor que recorre las venas, la dulce explosión que invade el cerebro. Es una rueda que gira sin fin: conseguir, inyectarse, languidécer, volver a conseguir.
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