Dos desocupados descubren que pueden vivir recogiendo objetos de la calle. Fundan «La Felicidad», empresa que prospera vertiginosamente y los hace ricos.
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Dos desocupados descubren que pueden vivir recogiendo objetos de la calle. Fundan «La Felicidad», empresa que prospera vertiginosamente y los hace ricos. Pero el dinero no trae la dicha buscada: sus esposas se van, años después regresan, pero no importa. Luego el narrador revela que ahora es «tarma»: estafador de viudas en duelo, que usa palabras precisas y cálculo frío para arrebatar bienes. Una reflexión sobre cómo la marginalidad genera sus propios oficios y cómo la riqueza nunca compra lo verdaderamente perdido.
Un par de medias negras encontradas en la acera. Así comienza la verdadera historia del narrador y su amigo el Petiso, dos hombres que acaban de perder sus empleos sin culpa de incompetencia. Desocupados y sin recursos, descubren casi por accidente que pueden ganarse la vida recogiendo lo que la ciudad pierde: botones, monedas, objetos olvidados. Lo que era hallazgo casual se convierte en búsqueda metódica, luego en sistema, finalmente en empresa. Nace «La Felicidad», un local donde catalogan los deseos de clientes dispuestos a pagar por lo que les falta: una lámpara antigua, una cámara fotográfica, la pieza que complete sus vidas. El negocio crece exponencialmente. Publicidad radial, concursos en diarios, bailables promocionales. Los dos socios compran casas, autos, acceden a todo lo que una vez soñaron. Pero la felicidad no llega. Sus esposas terminan por irse, se casan con otros, aunque años después regresan buscándolos sin motivo aparente: extrañaban la constancia de la lucha, el misterio de proyectos imposibles, la energía de dos hombres conspirando en voz baja. Después el narrador revela quién es realmente. Ahora pertenece a los «tarmas», hombres que sobreviven estafando viudas. Haciéndose pasar por miembros de asociaciones de caridad, entra en casas de duelo para arrebatar ropa y pertenencias del difunto. Es un arte que requiere precisión: memorizar nombres, elegir la palabra exacta —«filántropo» en lugar de «finado»—, manejar silencios para incomodar, conmover sin exceso. Todo está calibrado en una máquina de manipulación donde la necesidad ha generado su propia ingeniería de supervivencia.
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