En una provincia rusa, Kirila Petróvich Troekúrov, señor de viejas costumbres y fortuna inmensa, presume de sus quinientos lebreles mejor alimentados que sus propios criados.
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En una provincia rusa, Kirila Petróvich Troekúrov, señor de viejas costumbres y fortuna inmensa, presume de sus quinientos lebreles mejor alimentados que sus propios criados. Cuando su vecino pobre, el oficial Andrei Dubrovsky, se atreve a criticar esta crueldad, Troekúrov busca venganza. Utiliza a un asesor corrupto para manipular el sistema judicial y arrebatarle su hacienda al noble empobrecido, iniciando un conflicto entre la riqueza sin escrúpulos y la dignidad sin recursos.
Kirila Petróvich Troekúrov vive en el siglo diecinueve ruso según las costumbres del feudalismo decadente. Posee fortuna inmensa y poder sin límites en las provincias. Los funcionarios tiemblan ante su nombre; los vecinos se apresuran a complacerlo. En su carencia de refinamiento, cultiva los vicios del hombre inculto: glotonería, borracheras frecuentes, caprichos crueles. Mantiene encerradas a dieciséis jóvenes en una sala custodiada; sostiene una perrera de quinientos lebreles mejor alimentados que sus propios criados; organiza banquetes donde todos simulan admiración. Su vecino más próximo es Andrei Dubrovsky, oficial retirado, pobre pero de linaje antiguo. Fueron compañeros en el ejército años atrás. Cuando Troekúrov ascendió, Dubrovsky quedó arruinado y tuvo que retirarse. Ahora, en la vejez, son amigos unidos por sacrificios similares. Troekúrov respeta a Dubrovsky porque es el único que no se rinde ante él. Una tarde de otoño, durante una expedición de caza, Troekúrov pasea a sus invitados por la perrera. Exhibe con orgullo sus instalaciones: hospital para perros, secciones de maternidad, veterinario. Ordena ahogar los cachorros que le desagradan. Dubrovsky observa en silencio, el ceño fruncido. Cuando Troekúrov le pregunta por qué frunce el gesto, Dubrovsky responde que sus perros viven mejor que sus hombres. Troekúrov ríe, pero Dubrovsky palidece y abandona el lugar sin despedirse. La amistad se quiebra. Troekúrov envía criados a traer de vuelta a su vecino; Dubrovsky se niega. En una carta, exige que Troekúrov envíe al perrero a pedir disculpas. Es un insulto que Troekúrov no olvida. Meses después, criados de Troekúrov roban leña en las tierras de Dubrovsky. Al capturarlos, Dubrovsky los castiga. Troekúrov ve su oportunidad de venganza. Contacta al asesor Shabashkin, funcionario corrupto dispuesto a todo. Recuerda que su padre compró años atrás la hacienda de Kisteniovka, luego la vendió al padre de Dubrovsky. La venta fue legal, pero los documentos de Dubrovsky desaparecieron en un incendio. Shabashkin manipula el sistema judicial, soborna a jueces, retuerce las leyes. Dubrovsky es citado a juicio. Se presenta confiado en su derecho de herencia, pero encuentra un tribunal servil al poder de Troekúrov. El general recibe un sillón; Dubrovsky permanece de pie. El secretario lee la sentencia. El tribunal falla a favor de Troekúrov. La justicia ha sido comprada.