En un bosque de alcornoques durante la Guerra Civil, un soldado desertor escucha un disparo. Los niños refugiados de una escuela evacuada han permanecido ocultos, jugando a la guerra de manera perturbadora.
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En un bosque de alcornoques durante la Guerra Civil, un soldado desertor escucha un disparo. Los niños refugiados de una escuela evacuada han permanecido ocultos, jugando a la guerra de manera perturbadora. Martín encuentra el cadáver de Abel, un niño de doce años, asesinado por sus propios compañeros. En la atmósfera irreal del bosque, donde los árboles parecen vivir con vida propia, la muerte y la inocencia conviven en una frágil trama.
Durante los últimos días de la Guerra Civil española, las fuerzas republicanas se desmoralizan y huyen hacia la frontera. Martín Elósegui, un soldado que acaba de desertar, se refugia en una cueva en las laderas de un bosque de alcornoques cercano a El Paraíso. Su escape fue fácil: la anarquía reinaba entre la tropa, nadie vigilaba a nadie. Guardó en la cueva una rosa marchita que alguna vez perteneció a Dora, la mujer cuya ausencia lo persigue.
El bosque está en plena transformación. La carretera cercana hierve de fugitivos que huyen en vehículos destartalados: coches abandonados en las cunetas, familias a pie, civiles desesperados que intercambiarían sus últimas posesiones por salvarse. Los niños de la escuela evacuada, en lugar de ser llevados a seguridad, han permanecido ocultos en la espesura. En esta zona de caos y violencia, entre civiles que huyen y tropas que avanzan, estos niños comenzaron a jugar a la guerra de manera cada vez más macabra y perturbadora.
Cuando Elósegui escucha un disparo y sale a investigar, descubre a un niño con el rostro pintarrajeado de colores, aterrorizado, que huye tras lanzar una granada sin activar. Luego encuentra mensajes enigmáticos: ‘La ejecución será a las diez’. El bosque se llena de voces infantiles, gritos, pasos. Los niños han estado aquí todo el tiempo, recreando la violencia que los rodea en sus juegos.
El hallazgo más perturbador viene después: el cadáver de Abel, un niño de apenas doce años, tendido en el suelo con una bala en la sien. Rodean su cuerpo amapolas rojas, mensajes a lápiz, una flor en su mano en actitud casi angelical. Sobre el pecho, las palabras ‘DIOS NUNCA MUERE’, escritas con letra diferente a la de los otros mensajes. Los niños verdugos, ocultos en las sombras del bosque, han recreado en miniatura la muerte adulta que presenciaban cada día.
Envuelta en una atmósfera casi onírica y surrealista, la novela transforma el bosque en un espacio encantado donde las cosas parecen cobrar vida propia. El sol filtra dardos dorados a través de la enramada. El silencio es más elocuente que cualquier confesión. Martín permanece atrapado en tierra de nadie, presenciando cómo la inocencia infantil se consume en los fuegos de la violencia adulta. La ausencia de Dora, sugerida pero nunca confirmada, se cierne como otro peso más sobre este paisaje de desolación.
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