«—No te pido que te acuestes con él. Solo que seamos cuatro en esa cena.» Con esta propuesta insistente de su amiga Kay, Catherine Lambert se ve atrapada entre el deseo de volver a vivir y el miedo a repetir los errores del pasado.
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«—No te pido que te acuestes con él. Solo que seamos cuatro en esa cena.» Con esta propuesta insistente de su amiga Kay, Catherine Lambert se ve atrapada entre el deseo de volver a vivir y el miedo a repetir los errores del pasado. Divorciada hace dos años y refugiada en una vida de soledad, Catherine no está buscando a un hombre. Pero Morgan Lynch, desenvuelto y atractivo, aunque lastrado por sus propios demonios, despierta en ella algo que creía definitivamente dormido.
Catherine Lambert ha construido una vida controlada tras el fracaso de su matrimonio. Divorciada hace dos años de Neil, que la dejó porque ella no podía darle hijos y se negaba a abandonar su carrera profesional, ha optado por convertirse en una reclusa dedicada al trabajo y poco más. Su rutina es implacable: va de su casa en Orchard Road a la oficina y regresa en un ciclo monótono que apenas se interrumpe.
Su amiga Kay, esposa del diplomático Denzil Sawyer, no está dispuesta a permitir que Catherine siga así. Con insistencia persistente, Kay intenta persuadirla para que asista a una cena en la que también estará Morgan Lynch, un reciente divorciado que acaba de llegar a Londres para trabajar en la embajada junto a Denzil. Morgan es atractivo y desenvuelto, pero carga con su propio pasado doloroso. Catherine resiste, convencida de que no necesita a un hombre en su vida, sabiendo además que sus propias inseguridades—siente que es demasiado alta, que tiene sobrepeso, que sus gafas la hacen poco atractiva—la hacen inadecuada para cualquier hombre que merezca la pena. Sin embargo, acaba cediendo a la presión de Kay, principalmente para evitar que su amiga pierda su empleo cuando el jefe de esta aparece en el momento crucial de la conversación.
Mientras se prepara para la velada, Catherine revisa su vida con una mezcla de resignación y arrepentimiento. Piensa en Neil con un dolor que aún no ha sanado, a pesar de los dos años transcurridos. Su madre, aún joven de apariencia, la insta a que viva, a que salga, que no termine como la tía Agnes, una solterona dedicada únicamente a sus gatos y sus labores. Pero Catherine se siente incapaz de confiar de nuevo, de abrirse a la posibilidad de que alguien pueda quererla.
La noche de la cena se aproxima cargada de aprensión. Morgan Lynch, ese hombre que Kay considera perfecto para ella, espera al otro lado de esa puerta. Lo que Catherine ignora es que Morgan también carga sus propias dudas, y que ambos están a punto de descubrir que el veneno de los errores pasados puede, paradójicamente, resultar dulce cuando se comparte con quien entiende el dolor.