En los extremos australes, Philippe Valois, comerciante europeo asentado en Tierra del Fuego, observa las fogatas que pueblan las costas nocturnas.
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En los extremos australes, Philippe Valois, comerciante europeo asentado en Tierra del Fuego, observa las fogatas que pueblan las costas nocturnas. Tras investigar su origen, descubre que pertenecen a los selknam, protagonistas de antiguos rituales de iniciación. Entre la inquietud de su esposa y la llegada de un antropólogo belga, Philippe se debate entre la seguridad de la civilización y la atracción irresistible de una cultura que lo seduce desde la distancia.
Philippe Valois descansa la mirada en la ventana de su casa, donde las fogatas nocturnas de un pueblo desconocido se encienden regularmente a lo largo de la costa. Nunca las ha visto de cerca, nunca ha querido verlas. Solo observa, desde la distancia, esas incandescencias leves que lo inquietan cada noche. Su esposa Helena comparte el miedo, incluso lo amplifica. Cuando los gritos comienzan —rituales salvajes que atraviesan el silencio glacial de Tierra del Fuego—, ella amenaza con abandonarlo si no toma medidas.
Philippe viaja al continente para indagar. Un sacerdote jesuita llamado François le revela que las fogatas pertenecen a los ona, un pueblo pacífico que celebra el Hain: un ritual de iniciación que puede durar meses. El jesuita lo presenta con un antropólogo belga, Thomas, quien vive cerca. Thomas ve en el fenómeno una oportunidad científica, no una amenaza. Propone una expedición para conocer el origen de los cánticos y entenderlos.
Los tres hombres avanzan hacia las aguas donde el bosque encuentra la playa. Thomas lidera, hablando en lenguajes casi intraducibles con los indígenas que encuentran. Descubren a Taiyín, un joven selknam, quien los invita a conocer su clan. Allí aparece Kenyú, el padre, un hombre que ya ha tratado con extranjeros y desconfía. Particularmente del jesuita. Thomas negocia quedarse para presenciar los rituales nocturnos. Philippe, sin embargo, regresa a la finca, intimidado por lo desconocido.
Pero esa noche, solo en su casa, cercado por la distancia y el frío, Philippe siente un tirón irresistible. La curiosidad vence el miedo. Sale de la casa, revólver en el bolsillo, y se adentra en la oscuridad. Camina paralelo a las fogatas, se esconde entre arbustos, se acerca cada vez más. Por primera vez en semanas, siente algo más que aburrimiento y cautela. Siente que está vivo. Entre los sonidos del mar y los cantos, permanece oculto, observando al anciano que relata historias a los jóvenes pintados de blanco y rojo.