Un espía alemán desciende en paracaídas sobre la campiña inglesa en la madrugada de 1942. Bajo el nombre de Eddie Chapman, este hombre llevaba una doble vida: criminal de oficio en Londres, seductor de la alta sociedad y ahora agente del…
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Un espía alemán desciende en paracaídas sobre la campiña inglesa en la madrugada de 1942. Bajo el nombre de Eddie Chapman, este hombre llevaba una doble vida: criminal de oficio en Londres, seductor de la alta sociedad y ahora agente del Tercer Reich. Su historia arranca años atrás, cuando un joven huérfano de las minas de Durham encuentra en el delito una carrera, una identidad y una manera de vivir. De los bajos fondos del Soho a las operaciones de espionaje de la Segunda Guerra Mundial, Chapman teje su particular trayectoria entre lealtades imposibles y supervivencia.
En la madrugada del 16 de diciembre de 1942, un hombre cae lentamente desde las tinieblas, sostenido por un paracaídas de seda que se abre en silencio sobre las llanuras de Cambridge. Eddie Chapman desciende durante doce minutos, equipado con documentos falsos, equipo radiotransmisor, dinero, un arma y una píldora de cianuro: todo lo que necesita para ser un espía en suelo enemigo. Los alemanes lo llaman Fritz; los británicos, que ignoran aún quién es, simplemente lo buscan como agente X.
Pero la historia de Chapman no comienza aquella noche. Comienza en 1914, en Burnopfield, junto a las minas de carbón de Durham, donde nace hijo de un maquinista naval arruinado que dirigía un bar de mala muerte. Crecer en la pobreza, sin educación formal ni afecto, lo empuja a los dieciséis años a buscar en la calle lo que su familia no puede ofrecerle. Un breve paso por el ejército, una deserción por amor y la expulsión deshonrosa lo lanzan al Soho de los años treinta: ese refugio donde conviven el vicio y la diversión espectacular, donde los ricos confraternizaban con los criminales bajo un glamour estridente.
Chapman descubre que tiene talento para el crimen. Comienza con pequeños hurtos, después falsificación de cheques, y termina asociándose con James Hunt, el mayor experto en cajas de caudales de Londres. Juntos conforman la banda de la gelatina, que utiliza explosivos para desmantelar cajas fuertes. Sus robos son audaces: una tienda de peletería en Harrogate, oficinas bancarias, comercios del West End. El dinero fluye tan rápido como lo gasta. Chapman cultiva la imagen del delincuente refinado: trajes de Savile Row, mesa permanente en restaurantes de lujo, relaciones con escritores, cineastas y actores. Terence Young, futuro director de cine, lo describe como enigmático: criminal, sí, pero con una integridad curiosa, un pacifista que se niega a usar violencia aunque robe dinero del bolsillo de sus amigos mientras los invita a copas.
Es precisamente esa capacidad de Chapman para moverse entre mundos, para cautivar, para mentir con elegancia, la que lo hace valioso para otros propósitos. En 1939, mientras comparte un postre en un hotel de Jersey con su novia Betty Farmer, un grupo de hombres entra en el comedor. Sin dudarlo, Chapman rompe la ventana y huye por la playa perseguido. Betty ignora que está casado, que otra mujer espera su hijo, que todo en él es una construcción de mentiras. Lo que ignora es que sus capacidades para el engaño lo han puesto en el radar de quienes ven en él la materia prima perfecta para la guerra que se aproxima.
La novela traza la transformación de un ladrón común en un agente que jugará un papel fundamental en la Segunda Guerra Mundial, en los ajedrezados y peligrosos juegos de la contraespionaje.