En los valles lluviosos de Britania, un oficial romano reflexiona sobre su destino. Paulino Gayo Máximo cuenta su vida desde la Galia hasta el Muro de Adriano: su infancia junto a su primo Juliano, su entrada en la legión, un motín que lo…
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En los valles lluviosos de Britania, un oficial romano reflexiona sobre su destino. Paulino Gayo Máximo cuenta su vida desde la Galia hasta el Muro de Adriano: su infancia junto a su primo Juliano, su entrada en la legión, un motín que lo enfrentó a quienes amaba, su matrimonio con una cristiana. Años después, en la fortaleza fronteriza de Borcovicum, se encuentra de nuevo con Juliano, convertido en gladiador liberado y decidido a cruzar el Muro hacia tierras donde Roma no reina.
En los valles oscuros de la costa oeste britana, entre inviernos despiadados y rocas desoladas, los pueblos derrotados se reúnen alrededor de hogueras para escuchar historias que alieven su desesperación. Una de esas historias es la de Paulino Gayo Máximo, quien narra cómo Roma transformó su mundo.
Nacido en la Galia de antepasados romanos, Paulino creció en campamentos militares, regulado por trompetas de soldados. Su padre fue legado de la Segunda Flavia, su primo Juliano hijo de un gobernador honorable. Como hermanos, planeaban grandes cosas para Roma adorando los antiguos dioses en los templos de iniciación. Juntos entraron en la legión, prestaron juramento sagrado, aprendieron el arte de la guerra.
Pero Roma cambió. Un emperador usurpador proscribió al padre de Juliano, quien se quitó la vida antes que ser arrestado, dejando a su hijo marcado por el odio. Años después, cuando Paulino llegó a Britania como oficial, una conspiración sacudió la legión de Deva. Los rebeldes buscaban que Britania se independizara. Entre los cabecillas estaba Juliano, su hermano de infancia. Paulino, cumpliendo órdenes, envió a su primo a ser gladiador, condenado a matar o morir en la arena mientras él permanecía sordo al dolor.
Se casó con Aelia, una cristiana tolerante, y fue destinado a Borcovicum, la fortaleza fronteriza en el fin del mundo. Allí, junto al Muro que separaba imperio de barbarie, conoció una vida tranquila: escribía cuentas, cazaba, conversaba con otros oficiales, amaba a su esposa. Pero la historia no termina en olvido.
Años después, en una mañana de primavera, un hombre camina hacia él con la marcha glacial de quien ha sido entrenado para matar. Era Juliano, liberado tras años de sangre en la arena, convertido en algo distinto. Con la placa de madera que probaba su libertad, se dirigía al norte, cruzaría el Muro, desaparecería donde Roma no gobernaba. Cuando Paulino le ofreció sus tierras en la Galia, su primo rechazó el rescate con los ojos vacíos de sentimiento, listos para atacar si era necesario.
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