Desde un balcón en Buenos Aires, mientras la luna se refleja en el Río de la Plata, un padre emigrante español comparte con su hija las historias de su vida: sus años como soldado en el norte de África, los tiempos de hambre durante la…
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Desde un balcón en Buenos Aires, mientras la luna se refleja en el Río de la Plata, un padre emigrante español comparte con su hija las historias de su vida: sus años como soldado en el norte de África, los tiempos de hambre durante la Guerra Civil, y el viaje que lo llevó a reconstruirse en tierra extraña. A través de estas narrativas nocturnas, la novela teje la crónica de cómo el exilio marca a quienes se atreven a partir, y cómo la palabra y la memoria se convierten en los únicos territorios verdaderamente propios.
En una noche de verano en Buenos Aires, un padre invita a su hija a tomar baños de luna desde un balcón frente al Río de la Plata. Así comienza la novela de Victoria Aguilar, una exploración profunda sobre el exilio, las migraciones y el poder de la memoria.
Juan es un hombre que ha vivido múltiples exilios. Como soldado joven en el norte de África, convivió con la cultura árabe, compartiendo té y cigarrillos en tiendas del desierto, aprendiendo que la solidaridad puede ser la única defensa contra la hostilidad de una tierra extraña. Como superviviente de la Guerra Civil española, carga el recuerdo de los años de hambre en que, siendo adolescente, debía regresar a casa con la bolsa de pan vacía. Y finalmente como emigrante que abandonó la España de posguerra para buscar en Argentina una vida digna.
A través de las historias que Juan narra cada noche a su hija Carolina, bajo la luz de la luna y el aroma de los jazmines, la novela entrelaza la memoria personal con la historia colectiva de una generación que se atrevió a partir. El exilio aquí no es solo geografía: es la capacidad de reinventarse una y otra vez, de cargar con el dolor de lo abandonado mientras se construye con esperanza lo que será.
La obra explora cómo el acto de narrar se convierte en supervivencia, cómo la herencia del exilio se transmite como carga y a veces como don. Dos constantes acompañan este relato: el aire que sostiene y el poder de la palabra que explica, consuela y justifica. El aire que respiras es la crónica íntima de quienes viven en los espacios entre dos mundos.
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