Eva, mujer casada que descubre Internet como vía para encuentros sin compromisos, establece una relación ocasional con Carlos basada exclusivamente en el deseo físico y rituales eróticos singulares.
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Eva, mujer casada que descubre Internet como vía para encuentros sin compromisos, establece una relación ocasional con Carlos basada exclusivamente en el deseo físico y rituales eróticos singulares. Paralelamente, su amiga Irene, divorciada, recorre caminos similares a través de plataformas de contactos, buscando en los amantes lo que no encuentra en la estabilidad matrimonial. La novela alterna entre ambas voces para explorar el deseo, la seducción y los límites del vínculo sin emoción.
En la oscuridad de una habitación, Eva permanece inmóvil, cada músculo tenso. Acaba de alojar en su casa a un desconocido al que conoció hace pocas horas. Las noticias de un asesinato cercano avivan su paranoia, pero conforme la razón recobra su lugar, comprende que ha traspasado una línea que marcó hace tiempo: la que separa la estabilidad matrimonial del deseo sin ataduras. Eva es una mujer casada de aspecto agradable, independiente económicamente, cuyo marido arquitecto viaja constantemente. No le faltan satisfacciones ni seguridad, pero sí la sensación de riesgo, ese temblor que produce el contacto inesperado entre cuerpos de extraños.
A través de las plataformas de contactos en línea, Eva conoce a Carlos, un hombre de pocas palabras pero de una presencia magnética. Sus encuentros suceden en espacios cuidadosamente preparados: una piscina de agua caliente donde se observan en silencio, un apartamento saturado de dulces artesanales traídos de México, aromas que envuelven el espacio como una promesa. Carlos tiene sus rituales: vendajes de ojos, cuidados infantiles tras los encuentros íntimos, largas miradas que sustituyen a las conversaciones. Su necesidad de ella crece hasta volverse sofocante. Lo que comenzó como un juego ocasional se transforma, lentamente, en una dependencia que agobia a Eva.
Irene, amiga de Eva y divorciada, emprende un viaje similar pero con matices distintos. Ha renunciado al matrimonio pero no logra escapar a la tentación del vínculo amoroso. Sin embargo, con los amantes ocasionales que encuentra en las mismas redes, el sentimiento es diferente: puro placer carnal, sensorial, comparable a una obra de arte donde el cuerpo es el lienzo. Su primer amante es Carmelo, casado, del que queda pendiente a través de mensajes instantáneos. Documenta secretamente cada encuentro, cada sensación, en cuadernos manuscritos guardados bajo llave. El sexo ocasional le devuelve lo que el matrimonio le arrebató: la seducción como fuente de rejuvenecimiento.
La novela alterna las perspectivas de Eva e Irene para examinar cómo la búsqueda de placer desapasionado, facilitada por el anonimato de Internet, expone las grietas en las vidas que aparentan estar completas. Sin juzgar, el relato penetra en un territorio donde la seducción, el deseo y la necesidad forman un triángulo inestable.
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