Una entidad que no existe irrumpe en la página para declarar su propia inexistencia. Un escritor prolífico compra a esta criatura especial un tema para su novela.
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Una entidad que no existe irrumpe en la página para declarar su propia inexistencia. Un escritor prolífico compra a esta criatura especial un tema para su novela. Surge así Máximo Manso, catedrático asturiano de treinta y cinco años cuya vida entera está estructurada conforme a los principios de la razón. A través de su propia voz, Manso se disecciona: cuenta sus principios inflexibles, sus hábitos, sus recuerdos de la infancia en las montañas asturianas. Comienza como reflexión metaficcional para convertirse en el retrato moral de un hombre que cree haber domesticado completamente sus apetencias bajo el imperio de la lógica.
La novela abre con una voz que desafía la existencia misma. Una entidad intangible, producto de la imaginación y la escritura, comparece para negar y proclamar simultáneamente su propia realidad. Esta criatura ha sido evocada por un escritor compulsivo, quien tras treinta volúmenes publicados requiere un nuevo asunto narrativo. El intercambio que propone es singular: ofrece géneros literarios gastados, frases hechas, fórmulas de contratapa, a cambio de un tema virgen. De esta transacción nace Máximo Manso, figura que adquiere contorno apenas es invocada.
Manso es un hombre de treinta y cinco años, catedrático de Instituto, doctor en dos facultades, enteramente consagrado a la filosofía. Vive en Madrid tras haber dejado Asturias, donde creció entre las montañas de Cangas de Onís y el convento de San Pedro de Villanueva. Sus recuerdos de juventud están teñidos por la melancolía de aquel paisaje: la iglesia románica con sus capiteles narrando la historia de un rey devorado por un oso, el río sonoro, el solitario lago Nol. Ha estructurado su entera existencia conforme a principios rigurosos, subyugando toda pasión bajo el imperio de la razón. No fuma, no frecuenta cafés, rechaza las novedades. Su celibato es consecuencia lógica de su método: el orden perfecto no admite perturbaciones.
Esta presentación inicial es menos relato de hechos que confesión moral. Manso se describe con precisión disecadora: su físico mediano, su indumentaria sobria, sus preferencias culinarias, sus costumbres frugales. Pero el retrato verdadero es el de su alma: un hombre que ha subordinado la voluntad a la razón, quien concibe la vida como ecuación que debe resolverse conforme a leyes. El tono es el de alguien que, al narrar su historia, se siente frente al tribunal de su propia razón.