Pasada la medianoche, Ismael Belmonte retoca cuidadosamente las fotos de una velada mediocre con su único amigo, transformándola mediante filtros en una noche memorable para subirla a Facebook.
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Pasada la medianoche, Ismael Belmonte retoca cuidadosamente las fotos de una velada mediocre con su único amigo, transformándola mediante filtros en una noche memorable para subirla a Facebook. Mientras manipula imágenes, se pierde en su ritual nocturno: buscar obsesivamente a Amanda Saldana, su amiga de la infancia que desapareció de su vida hace dos décadas. Entre la ficción de las redes sociales y el recuerdo de una relación asimétrica donde siempre fue la sombra de ella, emerge la pregunta sobre quiénes somos cuando construimos vidas ficticias en pantalla.
Pasada la medianoche, Ismael Belmonte descarga las fotos en su portátil con la precisión de quien sabe que la realidad necesita retoque. La noche fue patética: cena con Óscar, su único amigo, un técnico de sistemas gordo y medio alopécico que solo habla de series de televisión. Pero en pantalla, con los filtros adecuados, con el fondo recortado, con la modulación justa de cada comentario, la velada se transforma en algo completamente distinto. En apenas unas horas, una noche insulsa se convierte en una reunión divertida con gente interesante, con iluminación generosa y una sonrisa que parece genuina. Ismael ha perfeccionado esta alquimia digital a lo largo de los años: sabe exactamente cómo convertir sus treinta y ocho años de fracaso silencioso en un simulacro convincente de vida plena.
Antes de apagar el ordenador, realiza su ritual: busca en Facebook a Amanda Saldana Bauman. Como siempre, la búsqueda no devuelve resultado alguno. Ha estado haciéndolo durante siete años, desde que abrió su perfil. Amanda no tiene cuenta. Cosa que, en el fondo, no lo sorprende. Ella siempre fue distinta, siempre fue la ganadora, siempre fue hermosa de un modo que parecía casi sobrenatural. La amiga perfecta de su infancia, la que lo eclipsaba sin ni siquiera intentarlo.
El recuerdo lo arrastra entonces al pasado, a aquella primera infancia cuando ambos tenían apenas dos años en un jardín de infancia. Amanda llega a la luminosa aula como quien ingresa en un escenario que le pertenece por derecho. Ismael, sentado en un rincón, llora desconsoladamente mientras su madre intenta calmarlo. Ella lo observa con curiosidad implacable y, sin vacilar, se abalanza sobre él con una piruleta en la mano. Es el primer pulso que Ismael pierde frente a Amanda, aunque distará mucho de ser el último. Durante dieciséis años fueron inseparables, aunque esa palabra es demasiado generosa. Ismael fue siempre la sombra de Mandy, incapaz de escapar, incapaz de ganar una sola vez.
Ahora, adulto y obsesionado, sigue buscándola cada noche. Espera secretamente el día en que Amanda se rinda ante la tentación digital. Ese día, cuando su perfil aparezca en línea, Ismael estará ahí para verlo. Podrá al fin exclamar: «Ja». Será su primera victoria sobre Amanda Saldana.
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