Cuando la esposa de Tarocci se marcha días antes de Navidad, le encarga que no olvide los regalos de Santa Lucía para su hijo. Tarocci promete, pero olvida.
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Cuando la esposa de Tarocci se marcha días antes de Navidad, le encarga que no olvide los regalos de Santa Lucía para su hijo. Tarocci promete, pero olvida. A la mañana siguiente, mientras otros niños muestran caramelos y bombones recibidos en sus zapatos, Gigino llora desconsolado ante la injusticia inexplicable. Su padre, arrepentido a última hora, intenta enmendar el error de forma torpe e irónica: convence al niño de que debe rezar a Stalin, no a los santos, para obtener lo que desea.
La esposa de Tarocci parte hacia la ciudad días antes de Navidad, encargada de ayudar a un hermano con su pastelería. Antes de marcharse, deja una sola encomienda a su marido: preparar los regalos de Santa Lucía para Gigino, el hijo pequeño. Tarocci promete atender el asunto, pero los compromisos de la Casa del Pueblo y las largas noches de conversación política consiguen que el encargo se disuelva en el olvido.
A las cinco de la madrugada del trece de diciembre, Gigino despierta animado. Baja a la cocina y recoge los zapatos que había dejado en el alféizar, acompañados de una bolsita con pan y salvado para el burro de Santa Lucía. Los zapatos están vacíos.
En la escuela, todos los niños cuentan con orgullo lo que ha traído la santa. Gigino, el alumno más diligente de la clase, aquel que se queda inmóvil cuando la maestra lo mira, cae en un llanto silencioso. Ha sido bueno, ha rezado cada noche, y aun así, Santa Lucía lo ha olvidado. A todos menos a él.
Su padre lo encuentra dormido en una choza de hojas de maíz, entre los campos cercanos. La reacción es de violencia brusca: lo despierta con bofetadas, lo arrastra, vocifera que Santa Lucía no existe. Pero Gigino, con la lógica inquebrantable de sus seis años, sabe lo que ha visto: los otros niños tienen regalos.
Entonces Tarocci, en un acto de torpeza ideológica disfrazada de solución paterna, inventa una salida. Convence al niño de que debe rezar a Stalin, no a una santa ficticia. La ironía de Guareschi resplandece: el padre no destruye la capacidad infantil de creer; simplemente reemplaza un mito por otro, el culto a los santos por la fe en un líder político.
A medianoche, Tarocci compra un tren de juguete, caramelos y chocolatinas. Mientras el niño duerme, coloca los regalos en los zapatos. Pero una pesadilla lo atormenta: encuentra la cama vacía, la ventana abierta. Descubre al niño dormido nuevamente sobre la paja húmeda, como si el tiempo se hubiera cerrado en un ciclo. Cuando por fin los regalos aparecen al amanecer, Tarocci ha comprendido, demasiado tarde, que ningún obsequio puede reparar la brecha entre la negligencia y el amor paternal.
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